A cambiar
el discurso
Con la ligereza que le es característica y que,
desde luego, está muy lejos de constituir su mejor atributo, el Presidente de la
República ha catalogado a la prensa nacional, sin excepciones al parecer, como
su principal opositora. Y al modo de los consumados valentones, el jefe del
Estado desafía a los medios de comunicación advirtiendo que no lo asustan.
Notable la fragilidad de la memoria del gobernante. Si no lo fuera tanto,
tendría que recordar que los medios de comunicación, con los que se declara
abiertamente enfrentado, casi de forma unánime saludaron su asunción del poder
político en el entendido de que constituía una nueva opción para esta nuestra
amada patria boliviana que sólo ha sobrevivido por milagro, de frustración en
frustración.
Con criterios muy parecidos se manejó la prensa nacional antes y después del
triunfo del partido político del presidente. Para todos, el nuevo y naciente
orden de cosas venía a constituir una especie de luz al final del largo túnel en
que estaba moviéndose la República ajustada a moldes obsoletos, desgastados y
con infinidad de aristas viciadas.
Así pues, la consolidación del nuevo régimen fue recibida como se reciben las
luces de la esperanza. Incluso entre los más incrédulos, entre los que con mayor
desconfianza observaban la formación de un gobierno de nuevas esencias, se
generalizaba el criterio según el cual, después de lo mal que nos iba como país,
“cualquier cosa sería mejor”.
Pero, sin esperar cuando menos asentarse firmemente en el quebradizo terreno del
Gobierno nacional, el nuevo jefe del Estado emprendió un errático ir y venir
entre Caracas, La Habana y otros países donde hizo amigos, que tal vez no sean
malos, pero que distan mucho de ser recomendables para un gobernante de supuesta
vocación democrática. Y no era difícil apreciar, a través de los discursos de
nuestro inquieto viajero, la animosidad que al retorno de sus largos periplos,
imprimía a sus expresiones para referirse a sectores a los cuales, sin lugar a
la legítima defensa, motejaba de oligarcas y otras lindezas del mismo calibre.
Con esas sus actitudes, con esos sus desplantes innecesarios e inoportunos, con
esas sus agresiones verbales, el jefe del Gobierno se abrió frentes, que no se
hubieran manifestado sólo obrando con serenidad, con modestia, con la mesura que
debe ser prenda personal de los líderes, de los gobernantes, de los que se
mueven dentro de los marcos de las multitudes.
Dar rienda suelta a los impulsos, dejarse arrastrar por las pasiones son cosas
que desembocan en terribles e irremediables tragedias. Sólo se necesita de
grandeza espiritual para atreverse a cambiar de discurso y a modificar las
actitudes soberbias.
¡Devuelvan los bolsillos!
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Así, a grito pelado, tenemos que pedir a los
confeccionistas de ropa.
Especialmente nosotros los varones.
“¡Devuelvan los bolsillos!”
“¡Por caridad, no embromen la paciencia!”
“¡No nos compliquen la vida!”
Y es que se les ha dado, a los confeccionistas de ropa, por la manía de eliminar
los bolsillos de nuestras prendas básicas de vestir.
Algo de morboso debe existir en este pequeño gran disparate.
Pequeño gran disparate que en nada mejora la moda masculina. ¡Lo juro!
Se les ha dado a los modistas, verbigracia, por eliminar el bolsillo superior
del lado izquierdo de las camisas de vestir y también de las de diario
De donde resulta que a la hora en que tenemos que guardar nuestros anteojos en
su estuche, no encontramos dónde cargarlos porque el tan importante bolsillo ha
sido eliminado, no de un plumazo, sino de un tijeretazo impío.
A portarlo en la mano entonces.
A consecuencia de ello, se cuentan por cientos y por miles los anteojos que se
dejan olvidados en el café, en la mesita de la Monseñor Rivero y hasta donde ‘la
otra’.
Por la absurda eliminación de ese bolsillo, estamos obligados a prescindir del
bolígrafo, de la libreta de notas y de otros pequeños efectos de diaria e
irreemplazable necesidad.
Viene a ser brutal, descomedida en grado extremo, la eliminación del bolsillo de
la camisa.
También ha sido eliminado el bolsillo pequeño de la cintura que denominábamos
‘relojero’.
Importantísimo, igualmente este bolsillito.
Allí escondíamos, de ‘la vieja’, el billete de cien que nos guardábamos para una
cervecita.
Para irnos a echar una canita al aire.
Hasta para ponerlo lejos del alcance de los rateros de la calle.
¿De qué modo el bolsillito relojero pudo incomodar a los confeccionistas de ropa
para hombres?
No se lo puede entender como otra cosa que no sea un abuso.
Revolucionario al fin, lanzo una convocatoria: “¡Varones del mundo uníos contra
la abusiva eliminación de los bolsillitos!”
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