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UCUREÑA. Espera la revolución agraria decepcionado de la reforma Olvido. Fue la sede del primer sindicato agrario del país, 16 años antes de la Revolución Nacional. Fueron la vanguardia de las milicias emenerristas y hoy no son reconocidos ni como un cantón de Cliza
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Homenaje. El monumento al campesino marca el centro de la plaza 2 de Agosto. A sus pies están sepultados José Rojas Guevara y Jorge Soliz Román
Pablo Ortiz

Quedan pocos ‘históricos’ vivos

El paisaje de Ucureña es la imagen que debiera acompañar a la palabra olvido. Es un páramo enclavado en el valle alto cochabambino que cuesta encontrar incluso en los mapas. Está escondido en la mitad de un laberinto de caminos que comunican pequeñísimos chacos que se dividen el territorio como un rompecabezas macabro, fruto de los errores de la Revolución Nacional.
Su nombre comenzó a sonar en todo el país a partir del 9 de abril de 1952. Sus hijos se convirtieron en los heraldos del Gobierno de Víctor Paz Estenssoro. Desde ese caserío partieron emisarios a todo el valle para formar sindicatos, que luego se transformarían en las milicias que garantizaban el poder al MNR. Con ello se ganaron el honor de ser el pueblo el que se firmó, el 2 de agosto de 1953, el decreto ley de la Reforma Agraria. Ahora, en medio de un polvo gris que se alza con el viento y cubre a su paso, esperan que el 53º aniversario de ese acontecimiento lleve hasta su plaza a Evo Morales para que lance su ‘revolución agraria’.
Desde que la noticia se hizo pública, la alarma sonó en Santa Cruz. La historia de las reivindicaciones cruceñas ha estado dolorosamente ligada a Ucureña. El MNR recurrió a las milicias de esta tierra para reprimir los alzamientos y las protestas locales en la década de los años 50. Que Morales lance desde ahí su plan de tierras es visto como una afrenta a la región por algunos empresarios. Sin embargo, para Jaime Santa Cruz, vicepresidente del Comité Cívico, lo importante es el contenido de las medidas de Morales, no el lugar desde donde se las anuncie.
En Ucureña, lejos de la polémica cruceña, al pie del momumento que conmemora la Reforma Agraria, un grupo de campesinos quechuas trata sin éxito de ponerse de acuerdo sobre el programa de festejos. Los rodean nueve trabajadores que corren contra el tiempo para terminar el empedrado alrededor de la plaza antes del 2 de agosto. No confían en lograrlo. Y es que allí hay muchas cosas por hacer. No tiene estructura de pueblo y sus edificaciones se acomodan una al lado de la otra casi sin planificación visible. Las casas, en su mayoría de adobe, tienen las paredes desnudas y si alguna tiene una mano de pintura es gracias al ‘favor’ de un político que la utilizó como cartel de campaña.
La pobreza se ha hecho carne en el lugar. “En Ucureña hay sólo dos ocupaciones: agricultor o profesor. En cada casa encontrará por lo menos a cuatro maestros”, asegura Luis Vallejos, profesor de biología en uno de los tres colegios Fe y Alegría que funcionan en la comunidad.
La primera ocupación la heredaron del tiempo de la hacienda. Donde ahora se alza Ucureña antes estaba la hacienda Santa Clara y los ucureños debían trabajar tres días para el patrón. “No nos alcanzaba ni para comer. Nuestras mujeres nos alimentaban con afrecho”, cuenta Bonifacio C. “Los patrones abusaban de las mujeres que iban a trabajar al campo”, añade E. viuda de Soliz.
Todo comenzó a cambiar en 1936. Desiderio Delgadillo, Crisóstomo Inturias y Jorge Soliz regresaron de la Guerra del Chaco decepcionados de la vida que llevaban. Decidieron formar un sindicato agrario -el primero del país-, una idea revolucionaria para la época del pongueaje, pero que en poco tiempo comenzó a dar sus frutos. A los pocos meses ya tenían su escuela campesina (la segunda de Bolivia, después de la de Warisata) y seis años más tarde comenzaron a comprar tierras a los patrones. “No fue fácil -dice Gróver Suyocán, profesor de historia-, cuando los patrones se enteraron, agarraron a un grupo y los mandó a Chapare, que era un lugar del que no se volvía”.
Cuando triunfó la Revolución Nacional, los miembros del sindicato se distribuyeron por toda Cochabamba. “Después nos reunimos en la Federación de Campesinos y tuvimos nuestra sede en la plaza Colón de Cochabamba. Desde ahí, el prefecto y José Rojas Guevara nos ordenó ir hacienda por hacienda a requisar las armas”, recuerda Emilio G, hombre de 78 años con el cuerpo cansado de tanta batalla peleada.
El derecho que se firme el Decreto Ley de Reforma Agraria se lo ganaron en Tarata. Allí se habían atrincherado los hacendados para repeler a los milicianos que recorrían la región saqueando las hacienda. Los derrotaron. “El decreto tenía que firmarse en Sica-Sica, pero nosotros dijimos que ellos no habían ganado la batalla sino nosotros. Y ahí cambiaron la sede”, añade Emilio.
Fue en la firma del decreto cuando los milicianos se volvieron parte del Ejército. Para controlar la seguridad de Paz Estenssoro les dieron uniformes de Policía Militar y pistolas. Desde todo el país llegaron miles de indígenas que se ubicaron dos kilómetros a la redonda de la tarima de adobe construida para la ocasión y dinamitada en los 70 por Banzer para edificar el monumento actual. Con el paso de los años, los sindicatos ucureños y de Cliza ganaron tanto poder que llevaron a sus dirigentes a ocupar el Ministerio de Agricultura. Hasta allí llegaron José Rojas Guevara y Jorge Soliz, que fue el comandante de las tropas que asaltaron Terebinto y es considerado un patricio en Ucureña.
La lucha por el poder derivó en un enfrentamiento entre Ucureña y Cliza, azuzada por la división del MNR. De un lado, los liderados por Soliz defendían a Víctor Paz y, por el otro, los de Cliza, encabezados por Jaime Veizaga, eran patrocinados con armas por Wálter Guevara Arce. Así comenzó lo que ahora conocen como la Ch’ampa Guerra, un enfrentamiento fratricida que duró tres años y acabó con todas las riquezas del pueblo. “La política es sucia y nos ha llevado hasta los fracasos como los de Terebinto o la Ch’ampa Guerra. Nuestros políticos nos empujaron de un lado y del otro al fogón. Para mí todo fue un fracaso; en lugar de mejorar con el sindicalismo hicimos muchas cosas mal”, dice, entre sollozos, G. Delgadillo.
La división se prolongó hasta los años 70. Durante el Gobierno de Pereda Asbún la pelea fue entre hermanos y vecinos. Mientras tanto, las pocas hectáreas dotadas por la Reforma Agraria se fueron dividiendo hasta el punto de que hoy el que posee dos hectáreas es visto como latifundista. En promedio, cada jefe de hogar de Ucureña tiene 7.200 metros cuadrados para sembrar maíz. De una cosecha tienen que sacar los recursos para subsistir todo el año. “Tanto pelear por una hectarita, señor periodista”, se queja Emilio D.
Por eso ahora esperan que Evo Morales lance una revolución agraria. La reforma ya la conocen y sólo les ha traído luto, peleas y dolor.

 Herencia
El origen del nombre
Mamá Ocuri, le vieja minera que contaba historias en la hacienda
Lo que hoy es Ucureña era parte de la hacienda Santa Clara, que estaba situada a las afuera del municipio de Cliza. Según la leyenda, el nombre viene de una viejita que llegó al lugar procedente de Ocuri, una mina de Oruro, y contaba a todo el pueblo la vida en el socavón. Su casa se encontraba en el centro de lo que hoy es el pueblo y la gente se juntaba a escuchar las historias de la ‘ucureña’, hasta que ése se convirtió en el nombre del pueblo.

Un gentilicio sinónimo de la masacre de Terebinto

Todo comenzó el 14 de mayo de 1958 en medio de una de las intentonas de golpe de Falange Socialista Boliviana. El Gobierno de Hernán Siles Zuazo desarticuló el alzamiento en todo el país excepto en Santa Cruz, donde los jóvenes falangistas tomaron las instituciones deponiendo a las autoridades del MNR sin un solo disparo. Cuando se dieron cuenta de que la ‘revolución’ había fracasado, decidieron darse a la fuga. Eso fue el 15. Una veintena llegó hasta Las Liras, una hacienda de Julio Soliz cercana a Porongo, y ahí se dividieron. Los más afortunados partieron hacia Colpa; pero Felipe Castro, José Cuéllar, Gabriel Candia, Miguel Callaú, Justo Jiménez y Pablo Castro decidieron el 16 de mayo dirigirse hacia Terebinto y solicitar asilo en El Naranjal, propiedad de Ángel Mercado.
Allí pasaron la noche y el 17 pidieron a Rómer, hijo del dueño de casa, que fuera hasta Santa Cruz a buscar noticias, ropa y dinero de sus casas. Recibieron las encomiendas y a Alberto Mercado, hijo de Ángel que había tenido que huir de Santa Cruz acosado por los milicianos que vinieron desde Ucureña y las minas de Oruro. Llegaron bajo el mando de Rubén Julio Castro, comisionado por Siles para ‘sentarle la mano a Santa Cruz’, según el libro Terebinto, de Hernán Landívar Flores. Los falangistas en fuga fueron denunciados por un grupo de emenerristas y, ante la negativa del Ejército de marchar a darles alcance, Julio encomendó a los dirigentes ucureños Jorge Soliz y José Rojas Guevara ‘no tomar prisioneros’, y eligieron a 156 campesinos para marchar desde la hacienda Montenegrina hasta Terebinto la medianoche del 17.
A las 7:00 del 18, mientras los falangistas se preparaban para continuar su huida, los milicianos rodearon la casa y comenzaron horas de tortura, vejaciones y asesinatos que no respetaron las canas de Ángel Mercado, de su esposa Delmira y su hijo Osman, de 14 años. El saldo fueron cuatro muertos, seis heridos y la conversión del gentilicio Ucureño en un sinónimo de odio, barbarie y masacre de Terebinto. Los testigos de la época aún recuerdan con dolor las dos estadías de los ucureños en Santa Cruz (volvieron a ser enviados en 1959).
Ellos niegan que hayan cometido saqueos, violaciones y vejámenes en la ciudad. Sin embargo, el dolor de los cruceños continúa, pese que siguió fiel al MNR y votó por sus candidatos hasta 2002, sin importar que fue el partido que mandó a los milicianos.

 Los caídos en Potrero El naranjal

Rómer Mercado. Cayó de un balazo en el pecho cuando defendía a su padre, Ángel, de la golpiza.
Felipe Castro. Según el juicio de 1965, fue ametrallado por Jorge Soliz. Antes había sido torturado.
José Cuéllar Achával. Un campesino de Ucureña le abrió el estómago con un machete; le sacaron los intestinos y se los colgaron del cuello. Fue muerto a culatazos.
Gabriel Candia. Le cortaron las plantas de los pies en cruz y lo hicieron caminar dos kilómetros. Después los torturaron y vejaron para terminar ‘el trabajo’ con una ráfaga de ametralladora.
Miguel Callaú. Fue uno de los sobrevivientes. Tuvieron que amputarle la pierna derecha por los golpes, machetazos y los balazo recibidos.
Alberto Mercado. Salvo la vida tirándose a un barranco en la Poza de las Liras. Fue herido por una bala en la cadera.
Justo Jiménez. Se salvó al sumergirse en una de las poza de Las Liras. Meses más tarde fue hallado muerto en La Paz. El parte oficial dijo que se trató de un suicidio.
Pablo Castro. Vio venir a los milicianos en El Naranjal y fugó hacia el monte luego de dar aviso.
Fuente: Terebinto, de
Hernán Landívar Flores