|
Más templanza y control en el
discurso presidencial
Muy pronto empezarán en Washington las negociaciones de una delegación
boliviana que presidirá el vicepresidente de la República, Álvaro García Linera,
para la prolongación por un tiempo adicional de las preferencias arancelarias
acordadas por la potencia del norte a exportaciones bolivianas que anualmente
suman más de 400 millones de dólares. Sobre el particular, debe constar que
diversos sectores de producción, particularmente la industria textilera y
artesanal de la populosa urbe de El Alto, hacen votos por un epílogo
satisfactorio de tales gestiones que han seguido un escabroso camino. Es
totalmente explicable y justificada la expectativa, pues de esas exportaciones
dependen miles de fuentes de trabajo y la suerte de centenares de pequeñas y
medianas empresas.
Era de rigor que en un momento así se produjera una inflexión en el tono
marcadamente antiestadounidense del Gobierno de Evo Morales. Se va a negociar a
otro país no con ataques ni ofensas a la contraparte, sino con temperancia,
signadas por la educación y las reglas que el protocolo impone en estos casos.
Al cabo, en la relación bilateral, con respecto a asuntos de mercado, los
gobiernos no deben dejarse llevar por empatías o antipatías ideológicas y
políticas. Deben atenerse únicamente a sus respectivos intereses nacionales. A
menos, naturalmente, que una total falta de prudencia y lucidez los lleve a
hacer lo contrario.
Cuando el segundo mandatario del país empezaba a hacer maletas y a formular
declaraciones en una línea que más bien tranquilizaba a Washington, el
presidente, Evo Morales, volvió a la carga contra Estados Unidos, en el peor
estilo. Frente a masistas congregados en una aldea rural, dio vítores a la coca
y mueras a los estadounidenses. Lo hizo en quechua, empleando términos que
asumen particular connotación belicista en este idioma nativo, como “¡wañunchum
americanos” (“mueran los americanos!”)
Pero no conforme con lo anterior, acusó a Washington de enviar a Bolivia
militares estadounidenses que ingresan en el país haciéndose pasar como
estudiantes y turistas. No lo dijo, pero en esta sindicación se halla implícita
la sugerencia de que semejante operativo puede estar asociado a una conspiración
para derrocarlo.
Es muy probable entonces que el vicepresidente se verá en figurillas en
Washington al intentar dar explicaciones que despejen de obstáculos la
negociación. Esta no será muy simple, pues si bien en la potencia del norte
pueden exculpar al presidente, Evo Morales, por ataques a los cuales ya están
poco menos que habituados, queda pendiente la cuestión crucial de la firma del
Tratado de Libre Comercio y las últimas medidas respecto al mercado de la coca,
contrarias a los convenios vigentes a escala bilateral.
Una vez más (y van...) debemos suplicar al Presidente de la República más
templanza y control en el discurso. Más le perjudica que ayuda , tanto a escala
nacional como internacional, la incontinencia verbal que le caracteriza y contra
la cual, aparentemente, no surte efecto asesoramiento alguno por parte de sus
colaboradores ni de su entorno íntimo.
De patrocinadores y benefactores
De una u otra manera, en una u otra medida, los efectos de la crisis
económica, que es de carácter universal, los sentimos todos o, para no incurrir
en exageraciones, casi todos. Y precisamente porque la crisis no hace
distinciones, y peor todavía, porque amenaza agudizarse en los próximos tiempos,
todos observan una actitud prudente, mesurada, previsora en el manejo de sus
recursos económicos.
Han quedado muy atrás las épocas del auge. Sin excepción, casi, hoy en día se
vive lo que se dice al centavo. La gente se ha impuesto de muchas privaciones.
Los presupuestos familiares, en esta época dura y difícil, sólo contemplan
gastos de subsistencia.
A pesar de una realidad tan palpable y tan cruda, no faltan las personas, los
grupos de personas, las asociaciones que siguen comportándose como si
continuásemos viviendo en ‘Jauja’. Programan, organizan y llevan adelante
certámenes, fiestas, ceremonias, concursos, desfiles y celebraciones con uno u
otro motivo y también sin motivo alguno. La ‘rumbosidad’, el despilfarro en el
comer, en el beber y en el bailar contrastan gravemente con la situación real de
crisis en que estamos inmersos, sólo Dios sabe hasta cuándo.
Pero, ¿cómo es que puede costearse tan insólito e innecesario despilfarro? Pues
nada de inaccesible se ha vuelto el camino para los amantes del derroche, del
relumbrón, de los oropeles. Todo se reduce a ubicar unos ‘mansos’ de los que
quedan pocos en nuestra viña, y empocharles rótulos de benefactores o de
patrocinadores.
Sirviéndose de pergaminos, que de pergaminos no tienen nada, o de cartas o de
esquelas que empiezan con la fórmula sacramental de “en reconocimiento de sus
cualidades o virtudes”, los cofrades de la banalidad les caen a los
desprevenidos con el sablazo mortal de rigor. Benefactor, patrocinador o padrino
son los títulos que arrogan con desparpajo, adelantándose a expresar
agradecimiento ‘por honrarnos con su aceptación’.
Y el benefactor, el patrocinador, el padrino, sin vueltas que darle, tiene que
aflojar un buen fajo de billetes de banco o hacerse cargo del pago de la
orquesta o de la banda o de ambas cosas; o del cotillón, o de la comida, o de la
bebida, o de la torta y hasta de la más insignificante zarandaja. Fiestas de
graduación, de quinceañeros y tantas otras que la fértil imaginación concibe,
las hay, cinco, diez, veinte cada día o cada noche y a cuales más copetudas. Y
las seguirá habiendo en tanto se encuentren ‘mansos’ que no se resistan a esa
calidad tan pesada de benefactores, de promotores, de patrocinadores o títulos
equivalentes.
Cuánta desconsideración, cuánto contrasentido, tomando en cuenta la grave crisis
económica que, de una u otra forma, a todos nos afecta.
|