La ‘Revolucion Agraria’ y sus
carencias
Si se radiografía lo que el Gobierno de Evo Morales da en llamar "Revolución
Agraria" se constata en la respectiva placa la inexistencia de componentes
esenciales de toda política agraria certera e idóneamente dirigida a un
desarrollo agropecuario sostenible y a la seguridad alimentaria a nivel
nacional.
Los planes del Gobierno se desentienden del occidente altiplánico y de los
valles, que son la causa principal de los problemas que respecto a la tierra
tenemos ahora en Bolivia. Sólo fijan las pupilas en Santa Cruz, Beni y Pando,
donde se apuesta a una redistribución masiva de tierras ociosas y fiscales. No
se alude para nada al minifundio (surcofundio, hoy, en la mayoría de los casos)
que en la parte andina malogró el desarrollo agropecuario y devino en base de
lanzamiento de la migración campo-ciudad. De ésa que preferentemente escogió a
Santa Cruz como destino principal y a la que ahora el MAS, con fines puramente
proselitistas, de cara a la Asamblea Constituyente, quiere halagar con una II
Reforma Agraria tan precipitada como la primera.
El Gobierno debe entender de una vez por todas que se tiene que ir a un nuevo
reordenamiento del régimen de tenencia de la tierra en el Altiplano. Agrupar los
minifundios en medianas y grandes unidades de producción, con asistencia técnica
y financiera, bajo modalidad cooperativa, es el inicial y obligado paso. La
cooperativa es también una empresa, pero no de una persona, sino de todo un
colectivo. En Santa Cruz, tenemos japoneses y menonitas, por sólo citar estos
dos casos, organizados en cooperativas de producción agropecuaria. Y les va muy
bien. En el altiplano, las comunidades de indígenas sobrevivientes a la
modernidad, deben convertirse en cooperativas de personería jurídica reconocidas
por el Estado para fines de interacción comercial, jurídica y financiera. Al
cambio del régimen de tenencia de la tierra en las tierras altas del país deben
acompañar mecanismos estatales de apoyo técnico y financiero. El altiplano
boliviano, contrariamente a lo que muchos creen, posee un gran potencial de
desarrollo agropecuario.
En el oriente cruceño, beniano y pandino, algo que se tiene que respetar en
forma rigurosa es la clasificación de la tierra conforme a su diferenciada
escala vocacional. Hay tierras que son sólo aptas para la explotación forestal
que no pueden ser dadas para otros fines. Albergan una riqueza que exige un
manejo sostenible del bosque, lo cual sólo es posible hacer con capital,
tecnología y estructura empresarial. Si se reparten así por así hectáreas
boscosas a cuantos no tengan en las manos más que hachas o motosierras y en la
mente idea alguna de cómo renovar los árboles abatidos, a plazo mediato se corre
el riesgo de que nuestras selvas y aun nuestros parques forestales se conviertan
en descampados, con graves consecuencias no sólo para el equilibrio ecológico
ambiental sino también para el futuro de la producción forestal en Bolivia.
En las tierras aptas para la agricultura se debe respetar la inversión privada
Entre nosotros, no interesa tanto cuán grande sea una propiedad sino cuánto
produce y en que medida contribuye a satisfacer la demanda interna e
internacional de los respectivos productos. En el campo de la agropecuaria,
vivimos hoy tiempos de tecnología de punta y altos niveles de inversión. Sólo
así se puede acceder al mercado, tanto nacional como externo, para las
respectivas ganancias.
En las tierras ociosas o ilegalmente obtenidas que en Santa Cruz marcan la
excepción y no la regla, el reparto de aquéllas debe sujetarse a criterios de
desarrollo agropecuario sostenible y seguridad alimentaria
Si no se imponen los criterios mencionados, en el marco de una repartición de
tierras consensuada con los gobiernos regionales, ordenada, racional, prudente,
sujeta a un proceso que avance en función de una gradual consolidación de la
respectiva base técnico-financiera y si , además, la denominada "Revolución
Agraria" del Gobierno se ejecuta con todas las falencias que anotamos, el
fantasma del minifundio empezará a alzarse sobre la región, con premoniciones
alusivas a todos los males que provocó en el occidente. Sólo que entre nosotros
esos males alcanzarían dimensiones catastróficas.
Sólo lo que queremos oír
Juan Carlos Rivero
Esta semana me obligué a leer una campaña de educación ciudadana sobre la
bullada Asamblea Constituyente. Temía que me iba a topar con declaraciones de
principios universales que ya ni se discuten, como la igualdad, la libertad, la
representatividad, el derecho a esto o a aquello. De todos modos, agarré la
publicación educativa –que consiste en una serie de preguntas dirigidas a los
partidos políticos participantes– esperando que tal vez me revele algo que no
sea la reinvención de la rueda.
He aquí la primera interrogante para los genios aspirantes a convertirse en
nuevos fundadores de la patria: “¿Considera que en los sistemas de
representación deberían incorporar mecanismos que garanticen la participación de
las mujeres?” ¡Me imagino cómo habrán humeado esos taris! Los ocho frentes
respondieron que sí, que la mujer debe tener los mismos derechos que el hombre.
Fuiii... menos mal.
Aquí va otra indagatoria reveladora: “¿Cuál es su propuesta sobre la
proporcionalidad de representación en el Poder Legislativo?” Estas son las
partes claves de las ochos respuestas: “Proponemos equilibrar y armonizar el
número de representantes elegidos proporcionalmente; que la proporcionalidad sea
en función de población y territorio; que sea en función de cada departamento y
de cada circunscripción; en función de la población y del voto; en función de
los nuevos departamentos; se debe dejar que las regiones hagan sus
planteamientos; que se garantice la participación de agrupaciones ciudadanas”.
¡Miechicaninga!, luego de leer respuestas tan... tan... profundas, ahora tengo
un panorama más claro del futuro nacional.
Y la última: “¿Se debe mantener una estructura constitucional sustentada en tres
poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial?” Haciendo una mezcolanza de las ocho
respuestas se obtiene esto: “Naturalmente que sí; no existe otra posibilidad de
organizar el Estado Nacional; la clásica separación entre los Poderes del Estado
parece ser la más estable; se debe mantener la estructura constitucional
propuesta por Montesquieu”. Ahí lo tienen: El señor Montesquieu debe estar
celebrando en su tumba que su nombre aún siga vigente, a 250 años de su muerte.
En definitiva, seguimos reinventando la rueda, por esa eterna manía de los
políticos de decirnos sólo las cosas que queremos oír. Comenzaré a creer en la
Constituyente cuando dejen de querer arreglar lo que no necesita arreglo –como
los derechos fundamentales de las personas–, y comiencen a hablarnos de cosas
más importantes para el país (aunque menos populares), como nuestras
obligaciones.