Jueves 8, junio de 2006
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¿Circo también?

En las altas esferas del Gobierno nacional, que desde luego incluyen al jefe del Estado, se ha puesto de manifiesto una preocupación. La de afrontar todas las contingencias para conseguir que no haya, en el país, un solo individuo que se quede sin ver, a través de las pantallas de la televisión, los encuentros del campeonato Mundial de fútbol, que en pocos días empezará a disputarse en Europa, en Alemania para ser más precisos.
Es indudable que la presentación del certamen ecuménico del más popular de los deportes, a través del canal de la televisión estatal, no nos va a empobrecer más de lo que ya estamos ni va a fomentar nuestra natural propensión al ocio. Tendrá su costo, desde luego, pero en ningún caso tan alto como para dejarnos a merced de un descalabro mayúsculo. Pero pese a esto que es real, no entendemos el porqué de tanta preocupación por darnos en la comodidad de nuestras moradas el espectáculo futbolístico mayor de los aficionados del planeta.
Y lo entendemos menos todavía si tomamos en cuenta que los colores deportivos que distinguen a nuestros equipos no estarán presentes, ni en calcomanías, en los estadios alemanes. Como consecuencia de nuestras crónicas pobrezas o de nuestras faltas de aptitudes, o si se prefiere, de la mala pata, perdimos como siempre la ocasión de llegar a las instancias decisorias del torneo Mundial de fútbol. Es lógico imaginar que si los colores de nuestra pasión no se van a mostrar en los estadios mundialistas, la justa deje de interesarnos en un noventa y nueve por ciento o en algo más todavía. ¿A qué santo entonces afanarse por ponernos en contacto con la justa de Alemania si viene a darnos lo mismo que la gane el que sea?
Ni siquiera nuestros ocasionales amigotes de hoy, Venezuela o Cuba, con los que estamos a partir de un confite por razones de todos conocidas, participarán de la disputa Mundial. ¿Quién o quiénes, pues, avivarán nuestras pasiones futbolísticas? ¡Quién o quienes nos harán hervir la sangre en las venas con los goles que anoten o que se dejen encajar?
Están nuestros gobernantes, por lo que parece, en las de la Roma antigua, tratando de conformar al pueblo con el pan ácimo y al mismo tiempo con el circo en que resultaba muy relajante ver cómo los leones se comían a unos grupos de infelices caídos en desgracia. Pan y circo era la oferta de los romanos dueños del poder, en tanto el imperio iniciaba el proceso de la desintegración.
Hoy el gran plan, la preocupación oficial es facilitar a los bolivianos el acceso a una competición en la que no tenemos pito alguno que tocar. Mañana o a su debido tiempo, a lo mejor se les ocurre a los gobernantes poner en nuestras pantallas, en vivo y en directo como se acostumbra decir, el carnaval de Río de Janeiro o el de Venecia. Será sólo cuestión de pedirlo porque al parecer no resulta muy caro que se diga. Sin embargo, para pobres de solemnidad como nosotros, hasta un solo peso cuenta.


Antes que autoridades, ‘servidores públicos’
Raspapinchete

En la buena estamos con una ciudad que parece caerse a pedazos, desaliñada y caótica como ninguna otra del país, y con algunas de sus principales autoridades actuando según el talante con que cada mañana se levantan. Ya llegan a la coronilla, por ejemplo, cuando no sus bufonadas, las groserías del alcalde, Percy Fernández, que en una de sus últimas y desafortunadas apariciones públicas las emprendió contra los medios de comunicación al hacer gala de un lenguaje soez, de una vulgar chabacanería. En este penoso acápite, el burgomaestre cruceño tiene ganado a pulso un triste lugar como la autoridad que, históricamente, peor se ha llevado y se lleva con la prensa. No hace mucho, desde estas mismas columnas y con el mejor de los propósitos, se le recomendó al alcalde Fernández y a sus asesores que de alguna manera evitaran los encontronazos de aquél con los reporteros y, de paso, la vergüenza ajena que el ciudadano de a pie experimenta con la frecuente reproducción de tan deplorables incidentes. Pero, todo indica que nada se hizo al respecto y cada vez tenemos... más de lo mismo.
Por otro lado, en la línea de la soberbia y desconsideración se inscribe la actitud de la directora de Cultura, Patrimonio y Turismo del municipio, Mariel Palma. A los periodistas les resulta más fácil hallar una aguja en un pajar que a ella en algún rato disponible para que informe oportunamente acerca de las cuestiones inherentes a su despacho y que considera su feudo.
Tanto Fernández como Palma son, ante todo, ‘servidores públicos’ cuyos deberes están contenidos en el capítulo II del Estatuto del Funcionario Público, el que aparentemente no leyeron ni por la tapa. Es pertinente entonces recordar a ambos algunas de sus obligaciones: ‘Desarrollar sus funciones, atribuciones y deberes administrativos con puntualidad, celeridad, economía, eficiencia, probidad y con pleno sometimiento a la Constitución Política del Estado, las leyes y el ordenamiento jurídico nacional.’ ‘Atender con diligencia y resolver con eficiencia los requerimientos de los administrados’.
El capítulo III sobre ética pública en su artículo 12, referido a principios, expresa que ‘la actividad pública deberá estar inspirada en principios y valores éticos de integridad, imparcialidad, probidad, transparencia, responsabilidad y eficiencia funcionaria que garanticen un adecuado servicio a la colectividad’. Tal parece que ninguno de estos párrafos, o no los leyeron como está dicho, o ni la tos les provocan a los ‘servidores públicos’ Fernández y Palma. ¿O qué se creen que son?