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¿Circo también?
En las altas esferas del Gobierno nacional, que desde luego incluyen al jefe
del Estado, se ha puesto de manifiesto una preocupación. La de afrontar todas
las contingencias para conseguir que no haya, en el país, un solo individuo que
se quede sin ver, a través de las pantallas de la televisión, los encuentros del
campeonato Mundial de fútbol, que en pocos días empezará a disputarse en Europa,
en Alemania para ser más precisos.
Es indudable que la presentación del certamen ecuménico del más popular de los
deportes, a través del canal de la televisión estatal, no nos va a empobrecer
más de lo que ya estamos ni va a fomentar nuestra natural propensión al ocio.
Tendrá su costo, desde luego, pero en ningún caso tan alto como para dejarnos a
merced de un descalabro mayúsculo. Pero pese a esto que es real, no entendemos
el porqué de tanta preocupación por darnos en la comodidad de nuestras moradas
el espectáculo futbolístico mayor de los aficionados del planeta.
Y lo entendemos menos todavía si tomamos en cuenta que los colores deportivos
que distinguen a nuestros equipos no estarán presentes, ni en calcomanías, en
los estadios alemanes. Como consecuencia de nuestras crónicas pobrezas o de
nuestras faltas de aptitudes, o si se prefiere, de la mala pata, perdimos como
siempre la ocasión de llegar a las instancias decisorias del torneo Mundial de
fútbol. Es lógico imaginar que si los colores de nuestra pasión no se van a
mostrar en los estadios mundialistas, la justa deje de interesarnos en un
noventa y nueve por ciento o en algo más todavía. ¿A qué santo entonces afanarse
por ponernos en contacto con la justa de Alemania si viene a darnos lo mismo que
la gane el que sea?
Ni siquiera nuestros ocasionales amigotes de hoy, Venezuela o Cuba, con los que
estamos a partir de un confite por razones de todos conocidas, participarán de
la disputa Mundial. ¿Quién o quiénes, pues, avivarán nuestras pasiones
futbolísticas? ¡Quién o quienes nos harán hervir la sangre en las venas con los
goles que anoten o que se dejen encajar?
Están nuestros gobernantes, por lo que parece, en las de la Roma antigua,
tratando de conformar al pueblo con el pan ácimo y al mismo tiempo con el circo
en que resultaba muy relajante ver cómo los leones se comían a unos grupos de
infelices caídos en desgracia. Pan y circo era la oferta de los romanos dueños
del poder, en tanto el imperio iniciaba el proceso de la desintegración.
Hoy el gran plan, la preocupación oficial es facilitar a los bolivianos el
acceso a una competición en la que no tenemos pito alguno que tocar. Mañana o a
su debido tiempo, a lo mejor se les ocurre a los gobernantes poner en nuestras
pantallas, en vivo y en directo como se acostumbra decir, el carnaval de Río de
Janeiro o el de Venecia. Será sólo cuestión de pedirlo porque al parecer no
resulta muy caro que se diga. Sin embargo, para pobres de solemnidad como
nosotros, hasta un solo peso cuenta.
Antes que autoridades, ‘servidores públicos’
Raspapinchete
En la buena estamos con una ciudad que parece caerse a pedazos, desaliñada y
caótica como ninguna otra del país, y con algunas de sus principales autoridades
actuando según el talante con que cada mañana se levantan. Ya llegan a la
coronilla, por ejemplo, cuando no sus bufonadas, las groserías del alcalde,
Percy Fernández, que en una de sus últimas y desafortunadas apariciones públicas
las emprendió contra los medios de comunicación al hacer gala de un lenguaje
soez, de una vulgar chabacanería. En este penoso acápite, el burgomaestre
cruceño tiene ganado a pulso un triste lugar como la autoridad que,
históricamente, peor se ha llevado y se lleva con la prensa. No hace mucho,
desde estas mismas columnas y con el mejor de los propósitos, se le recomendó al
alcalde Fernández y a sus asesores que de alguna manera evitaran los
encontronazos de aquél con los reporteros y, de paso, la vergüenza ajena que el
ciudadano de a pie experimenta con la frecuente reproducción de tan deplorables
incidentes. Pero, todo indica que nada se hizo al respecto y cada vez tenemos...
más de lo mismo.
Por otro lado, en la línea de la soberbia y desconsideración se inscribe la
actitud de la directora de Cultura, Patrimonio y Turismo del municipio, Mariel
Palma. A los periodistas les resulta más fácil hallar una aguja en un pajar que
a ella en algún rato disponible para que informe oportunamente acerca de las
cuestiones inherentes a su despacho y que considera su feudo.
Tanto Fernández como Palma son, ante todo, ‘servidores públicos’ cuyos deberes
están contenidos en el capítulo II del Estatuto del Funcionario Público, el que
aparentemente no leyeron ni por la tapa. Es pertinente entonces recordar a ambos
algunas de sus obligaciones: ‘Desarrollar sus funciones, atribuciones y deberes
administrativos con puntualidad, celeridad, economía, eficiencia, probidad y con
pleno sometimiento a la Constitución Política del Estado, las leyes y el
ordenamiento jurídico nacional.’ ‘Atender con diligencia y resolver con
eficiencia los requerimientos de los administrados’.
El capítulo III sobre ética pública en su artículo 12, referido a principios,
expresa que ‘la actividad pública deberá estar inspirada en principios y valores
éticos de integridad, imparcialidad, probidad, transparencia, responsabilidad y
eficiencia funcionaria que garanticen un adecuado servicio a la colectividad’.
Tal parece que ninguno de estos párrafos, o no los leyeron como está dicho, o ni
la tos les provocan a los ‘servidores públicos’ Fernández y Palma. ¿O qué se
creen que son?
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