Imam Purwadi (53) nunca podrá quitar de su memoria este día de horror y
destrucción. "Salí corriendo de mi casa después del sismo y vi casas con graves
daños o derrumbadas", contó en Yogyakarta. "Fue el sismo más poderoso en mi
vida", señaló. Pero, no fue el primero.
Hace poco, el volcán Merapi escupió cenizas y lava, ahora un sismo mata a miles
de personas: la naturaleza volvió a recordar de forma brutal a los javaneses,
pero también al resto de los 262 millones de indonesios, a un año y medio de la
catástrofe del tsunami, que su país de islas está expuesto a los desastres.
De las casas de madera no suele quedar más que tablas rotas. Los socorristas
buscan en medio del caos con sus propias manos a los supervivientes. Allí donde
se vienen abajo las casas de piedra, dejando escombros sobre la calle, no falta
el montón de lata que alguna vez fue un automóvil.
La británica Bella Galt sentía ayer hasta los huesos la conmoción por el sismo.
"Estaba en mi cuarto y de repente comenzó a moverse todo el edificio como si
fuera un barco sobre un mar agitado", contó.
Quien vive allí no duda de que el número de víctimas del primer día no será el
definitivo. "Tantas casas se cayeron y tantas personas quedaron enterradas
vivas", afirmó un poblador moviendo la cabeza.
Las imágenes del desastre del tsunami apenas habían comenzado a desvanecerse,
cuando la violencia de la naturaleza vuelve a azotar este enorme archipiélago de
18.000 islas, dejando en claro una vez más su vulnerabilidad.
La ubicación del país en el llamado ‘anillo de fuego’ -la inmensa orilla del
Pacífico y su alta actividad sísmica y volcánica- es una bomba de tiempo. Por sí
misma, Indonesia no puede superar catástrofes de esta magnitud. Faltan
ambulancias y los heridos son transportados en todo lo que tenga ruedas, hasta
las clínicas sobrepasadas. Se trasladan heridos en carretas.
Algunos de los cadáveres recuperados esperan apilados a los bordes de las calles
para ser retirados.
"Tratamos de sacar a los sobrevivientes, no podemos esperar", dijo Agus Susanto,
habitante del distrito fuertemente afectado de Bantul.
Por ahora no se sabe cómo el país afrontará esta nueva catástrofe. Según la Cruz
Roja alemana, en Yogyakarta se derrumbó un hospital y algunas partes de la
ciudad quedaron destruidas en un 80%.
Indonesia, que asombró al mundo al transformarse en pocos años en una democracia
tras la dictadura de Suharto, está desde hoy nuevamente ante una difícil prueba.
Yogyakarta, un centro de la cultura
La ciudad de Yogyakarta, en la isla de Java, que fue sacudida ayer por un
sismo de 6,2 grados Richter, es una de las joyas de Indonesia, un centro de arte
cuyos templos manifiestan su rica historia étnica y religiosa.
El centro cultural de la isla, Yogya, es una metrópoli de casi 1,5 millones de
habitantes, aferrada a su pasado y a su cultura. Yogyakarta, Región Especial
desde 1950, aún está bajo el régimen del sultanato.
Su palacio, construido entre 1756 y 1757, es el orgullo de la arquitectura
local.
La región, de gran interés turístico, también es conocida por los templos
hinduistas de Prambanan y el templo budista de Borobudur, clasificados por la
Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Los tesoros artísticos de Yogyakarta le
permiten competir con la isla de Bali para atraer a los turistas.
Borobudur es un centro budista construido alrededor del siglo IX y célebre por
sus representaciones esculpidas de los budas y los bajorrelieves que representan
episodios de la vida del buda Sakyamuni. Ese monumento de piedra volcánica gris
sufrió daños en el sismo.
La ciudad también es conocida como centro del arte clásico javanés y de la
cultura tradicional, que incluye el batik, el ballet, el teatro, la música, la
poesía y los espectáculos de marionetas (wayang).
También es un lugar de estudio que cuenta con varias universidades de alto
nivel.