Centro de rehabilitación y no
escuela del delito
Hasta ahora nada ni nadie puede cerrarle las puertas a esa escuela del delito
en que se ha convertido el penal de Palmasola. No sólo academia de tal tipo sino
también antro de bandas criminales de conexiones con el exterior, mediante
intermediaciones que deben ser severamente investigadas, pues subsiste la
sospecha de que personal policial de baja graduación puede formar parte de
ellas.
Los últimos acontecimientos en el citado penal acreditan la gravedad de la
situación. Estalló toda una rebelión de reclusos contra miembros de las gavillas
de poder que allí hacen de las suyas. No sólo que los mafiosos obligan a los
presos al pago del ‘seguro de vida’ bajo conminatoria de ajusticiamiento, crimen
que han cometido en forma reiterada. También cobran el ‘peaje’ de acceso al
penal a cuantos van al recinto carcelario a visitar familiares o conocidos. Lo
peor es que contrabandean en Palmasola armas de todo tipo, que van desde las
blancas hasta las de fuego, principalmente pistolas y revólveres. Tras las
medidas de control que siguieron a la rebelión de los presos , durante la cual,
los miembros de las principales pandillas de poder apenas se salvaron de ser
linchados, fueron decomisadas nada menos que cien unidades de tales tipos de
armas, cantidad que ilustra en forma elocuente la dimensión de semejante
internación ilícita al centro de reclusión.
Alarma que semejante y peligroso tráfico de armas no haya sido interrumpido. Ni
a los cuchillos ni a las pistolas les salen alas para volar por encima de los
puestos policiales de control de ingreso al penal. Ocurre simple y llanamente
que se las deja pasar. Y si se las deja pasar es a cambio de lo que sabemos. Es
decir, de coimas que van a los bolsillos de los policías que están en dichos
puestos para revisar al derecho y al revés a cuantas personas ingresan al penal.
No hay otra explicación.
Tampoco encontramos explicación exculpatoria de responsabilidad policial para la
existencia de grupos delincuenciales de poder que en Palmasola deciden matar al
preso que se niega a pagarles el ‘seguro de vida’ y a convertirse en cabezas de
redes delictivas que actúan en diferentes barrios de la ciudad, donde roban
vehículos, saquean domicilios y hasta secuestran personas. Todo esto es
asociable a la permisividad policial condicionada a participación en los
réditos. Obviamente que no podemos caer en injustas generalizaciones. Hay buenos
y malos policías, pero al parecer, estos últimos pesan más que los primeros.
Para que Palmasola deje de ser escuela del delito y cuartel de bandas de poder
que castiga con exacciones a la propia población, asumiendo de una vez por todas
su rol de centro de rehabilitación, lo primero de lo primero es poner orden en
el personal policial a cargo del penal. Urge una inmediata investigación para
establecer las conexiones entre los grupos delincuenciales de poder y el
personal policial. Los primeros tienen que ser totalmente desmantelados y sus
miembros concentrados en recintos cerrados, de los que no puedan salir. Mejor
todavía si se construye para ellos una cárcel de máxima seguridad, donde puedan
purgar sus penas bajo vigilancia y control estricto.
Palmasola debe quedar como recinto carcelario abierto para infractores a la ley
de menor peligrosidad. Como penal que apunte esencialmente a la rehabilitación,
incorporando a los reclusos a tareas productivas en magnitud mayor a las que
actualmente existen allí.
Auge del comercio ilegal de vida silvestre
Dominicus
Diversas publicaciones internacionales y estadísticas confiables señalan que
más de 10.000 millones de dólares son transados mundialmente todos los años en
el comercio ilegal de vida silvestre. Es la segunda vía delincuencial de
movimiento de dinero en este planeta luego del lóbrego narcotráfico. Para que
tengan una idea, el monto de plata que se canaliza en la venta clandestina de
animales salvajes excede un 25% al total del Producto Interno Bruto (PIB) de
toda Bolivia.
Y parece que dicho movimiento monetario seguirá imparable y en crecimiento. La
avidez por especies exóticas para tenerlas de mascotas, asilarlas en zoológicos
privados o para usos de dudosa ética, es cada vez mayor. Por tanto, los
cazadores furtivos también incrementarán sus actividades.
Ésta es la triste realidad internacional y yo me pregunto ahora: ¿por casa cómo
andamos? No muy bien creo, ya que hasta en los anillos de circunvalación se
encuentra gente con tucanes, loros y monos listos para ser vendidos a cualquier
automovilista al paso. Esto sin contar la caza mayor indiscriminada de especies
protegidas, como el caimán negro, el ocelote (tigrillo) o el jaguar, que ya
corren a esta altura serio peligro de extinción por ser sus pieles muy
apetecidas. Pero el tema de fondo y que va más allá de la deplorable
comercialización en negro de cueros silvestres, es el tráfico mismo de esa vida
salvaje. Y se lo hace despiadadamente, sin consideraciones de ninguna naturaleza
y con riesgos de muerte para los animalitos en cada uno de los instantes de ese
vergonzoso proceso.
En nuestro Diario Mayor EL DEBER he visto más de una nota al respecto de este
tema e inclusive con ilustraciones fotográficas del descuido inhumano de las
especies y de su casi abierta compra-venta en plena Santa Cruz de la Sierra,
pese a las prohibiciones en contra, que de nada sirven porque nadie las hace
cumplir y menos aún se castiga a los infractores.
Es hora de plegarse a la campaña internacional contra el tráfico ilegal de fauna
y flora silvestres. No puede ser que Bolivia, en general, y el oriente, en
particular, queden al margen de estas sanas iniciativas que propenden a defender
la biodiversidad y la preservación de los ecosistemas, como también defienden
los derechos de los animales a vivir en su propio ‘hábitat’, evitando su captura
y venta ilegal.