Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 21, mayo de 2006
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Centro de rehabilitación y no escuela del delito

Hasta ahora nada ni nadie puede cerrarle las puertas a esa escuela del delito en que se ha convertido el penal de Palmasola. No sólo academia de tal tipo sino también antro de bandas criminales de conexiones con el exterior, mediante intermediaciones que deben ser severamente investigadas, pues subsiste la sospecha de que personal policial de baja graduación puede formar parte de ellas.
Los últimos acontecimientos en el citado penal acreditan la gravedad de la situación. Estalló toda una rebelión de reclusos contra miembros de las gavillas de poder que allí hacen de las suyas. No sólo que los mafiosos obligan a los presos al pago del ‘seguro de vida’ bajo conminatoria de ajusticiamiento, crimen que han cometido en forma reiterada. También cobran el ‘peaje’ de acceso al penal a cuantos van al recinto carcelario a visitar familiares o conocidos. Lo peor es que contrabandean en Palmasola armas de todo tipo, que van desde las blancas hasta las de fuego, principalmente pistolas y revólveres. Tras las medidas de control que siguieron a la rebelión de los presos , durante la cual, los miembros de las principales pandillas de poder apenas se salvaron de ser linchados, fueron decomisadas nada menos que cien unidades de tales tipos de armas, cantidad que ilustra en forma elocuente la dimensión de semejante internación ilícita al centro de reclusión.
Alarma que semejante y peligroso tráfico de armas no haya sido interrumpido. Ni a los cuchillos ni a las pistolas les salen alas para volar por encima de los puestos policiales de control de ingreso al penal. Ocurre simple y llanamente que se las deja pasar. Y si se las deja pasar es a cambio de lo que sabemos. Es decir, de coimas que van a los bolsillos de los policías que están en dichos puestos para revisar al derecho y al revés a cuantas personas ingresan al penal. No hay otra explicación.
Tampoco encontramos explicación exculpatoria de responsabilidad policial para la existencia de grupos delincuenciales de poder que en Palmasola deciden matar al preso que se niega a pagarles el ‘seguro de vida’ y a convertirse en cabezas de redes delictivas que actúan en diferentes barrios de la ciudad, donde roban vehículos, saquean domicilios y hasta secuestran personas. Todo esto es asociable a la permisividad policial condicionada a participación en los réditos. Obviamente que no podemos caer en injustas generalizaciones. Hay buenos y malos policías, pero al parecer, estos últimos pesan más que los primeros.
Para que Palmasola deje de ser escuela del delito y cuartel de bandas de poder que castiga con exacciones a la propia población, asumiendo de una vez por todas su rol de centro de rehabilitación, lo primero de lo primero es poner orden en el personal policial a cargo del penal. Urge una inmediata investigación para establecer las conexiones entre los grupos delincuenciales de poder y el personal policial. Los primeros tienen que ser totalmente desmantelados y sus miembros concentrados en recintos cerrados, de los que no puedan salir. Mejor todavía si se construye para ellos una cárcel de máxima seguridad, donde puedan purgar sus penas bajo vigilancia y control estricto.
Palmasola debe quedar como recinto carcelario abierto para infractores a la ley de menor peligrosidad. Como penal que apunte esencialmente a la rehabilitación, incorporando a los reclusos a tareas productivas en magnitud mayor a las que actualmente existen allí.


Auge del comercio ilegal de vida silvestre
Dominicus

Diversas publicaciones internacionales y estadísticas confiables señalan que más de 10.000 millones de dólares son transados mundialmente todos los años en el comercio ilegal de vida silvestre. Es la segunda vía delincuencial de movimiento de dinero en este planeta luego del lóbrego narcotráfico. Para que tengan una idea, el monto de plata que se canaliza en la venta clandestina de animales salvajes excede un 25% al total del Producto Interno Bruto (PIB) de toda Bolivia.
Y parece que dicho movimiento monetario seguirá imparable y en crecimiento. La avidez por especies exóticas para tenerlas de mascotas, asilarlas en zoológicos privados o para usos de dudosa ética, es cada vez mayor. Por tanto, los cazadores furtivos también incrementarán sus actividades.
Ésta es la triste realidad internacional y yo me pregunto ahora: ¿por casa cómo andamos? No muy bien creo, ya que hasta en los anillos de circunvalación se encuentra gente con tucanes, loros y monos listos para ser vendidos a cualquier automovilista al paso. Esto sin contar la caza mayor indiscriminada de especies protegidas, como el caimán negro, el ocelote (tigrillo) o el jaguar, que ya corren a esta altura serio peligro de extinción por ser sus pieles muy apetecidas. Pero el tema de fondo y que va más allá de la deplorable comercialización en negro de cueros silvestres, es el tráfico mismo de esa vida salvaje. Y se lo hace despiadadamente, sin consideraciones de ninguna naturaleza y con riesgos de muerte para los animalitos en cada uno de los instantes de ese vergonzoso proceso.
En nuestro Diario Mayor EL DEBER he visto más de una nota al respecto de este tema e inclusive con ilustraciones fotográficas del descuido inhumano de las especies y de su casi abierta compra-venta en plena Santa Cruz de la Sierra, pese a las prohibiciones en contra, que de nada sirven porque nadie las hace cumplir y menos aún se castiga a los infractores.
Es hora de plegarse a la campaña internacional contra el tráfico ilegal de fauna y flora silvestres. No puede ser que Bolivia, en general, y el oriente, en particular, queden al margen de estas sanas iniciativas que propenden a defender la biodiversidad y la preservación de los ecosistemas, como también defienden los derechos de los animales a vivir en su propio ‘hábitat’, evitando su captura y venta ilegal.