Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 12, Febrero de 2006
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Drago. Las vivencias de un verdadero hombre de blues Pionero. Este fin de semana se presentó en Santa Cruz Jazz Club para festejar los 17 años desde que llegó a Bolivia para quedarse
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Profesor. Drago asegura que las satisfacciones más grandes que ha sentido son saber que aportó de alguna manera para que este género se conozca más y ver cómo sus alumnos se enamoraron de su instrumento
Marcelo Suárez

Aunque a muchos de los viejos bluseros del delta del Mississippi en Estados Unidos no les interesaba moverse fuera de sus ‘cuevas’, mientras permanecían aferrados a esa corriente, con el tiempo buscar nuevos horizontes se convirtió en una condición sine qua non para ellos. Así se fue transmitiendo esa armonía que se convirtió en la base para el desarrollo de la música popular del siglo XX.
Fue precisamente gracias a un viaje que Drago Dogan pudo conocer esta música que nació a miles de kilómetros de tierras croatas, de donde es oriundo. “Soy de la región de Dalmacia, pero cuando era 'peladito' viajé con un tío a Chicago. Allí recuerdo que cuando llegamos a la ciudad nos detuvimos a cargar gasolina en la carretera y vi a un negro que tocaba la armónica. Aunque parezca increíble el sonido me atrapó inmediatamente y a partir de ese momento mágico me interesé por el blues. Claro, luego vendría lo demás, es decir, informarme leyendo libros y profundizar en todo lo relacionado con esta música”, asegura.
Lo que siguió es parte de una historia que el músico cuenta cada vez que se presenta la oportunidad, como en este caso que sentó a la barra del Santa Cruz Jazz Club para anunciar el recital que realizó en el boliche este fin de semana festejando los 17 años de su llegada a Bolivia.
La leyenda dice que Drago llegó a la Paz en 1989 detrás de un amor y no precisamente con la idea de convertirse en el iniciador de la movida blusera que se generó tiempo después. “Una mujer me trajo a este país; vine por ella, estuve junto a ella y luego me separé como el típico burro. A veces uno no sabe apreciar las cosas lindas que tiene y luego se arrepiente cuando las pierde. Así fue como se me abrieron las puertas en este hermoso país, para mí fue maravilloso encontrarme con una cultura tan diversa. Conocer La Paz fue una linda experiencia allí, estuve hasta 1992, cuando me vine a Santa Cruz donde conocí este paraíso tropical y decidí quedarme”.
Una melodía conocida de Miles Davis sale de los parlantes, mientras el trompetista Erick Cuevas, propietario del local, ofrece algo para tomar interviniendo ocasionalmente en la charla. Drago por su parte, muy inquieto al momento de expresarse, pero con un singular interés por responder cada pregunta, pide a Cuevas que acerque el ventilador para atenuar un poco la sensación de calor en el lugar. En realidad era el inicio de una sofocante semana característica en la ciudad a la que Drago se acostumbró hace bastante tiempo. Antes de eso experimentó el clima gélido del altiplano, al mismo tiempo que formaba parte de la algarabía rockera que predominaba en La Paz a fines de los 80. “Cuando llegué a Bolivia tuve la suerte de hacerlo en un momento en que se estaba comenzando a gestar un movimiento musical, fue algo mágico, luego comenzaron a aparecer propuestas y los boliches aumentaron, ahí aproveché para formar parte”.
En esos años Drago tocaba en locales con los integrantes de bandas que tiempo después terminarían por consagrarse: Lou-Kass, Coda-3 y Diez Irae. El lugar más frecuentado era el mítico Socavón. “Recuerdo que una noche se me acercó Rodrigo Villegas y me dijo: “Che Drago, te acompaño viejo”, entonces yo encantado lo dejo tomar la guitarra, mientras lo sigo con la armónica. Así se fueron sumando a las inolvidables jam sessions Christian Krauss, Martín Jofré y otros músicos con los que formábamos superbandas en una noche”.
En Santa Cruz le resultó más difícil que el público de los pocos boliches que había pudiera digerir fácilmente su estilo. “Los cambas me decían: “¿Qué es esto?, es música para viejos”. Ahí me di cuenta de que el blues al ser una música más calmada, es más difícil que guste inmediatamente en un región calurosa donde la gente no está acostumbrada a sentarse a escuchar a un músico, sino que más le interesa bailar, es por ello que lo tropical tuvo mayor acogida desde un principio, prueba de eso es el éxito que tiene hasta ahora la cumbia, la salsa o el merengue”.
El músico vio eso como un desafío, ya que le atrajo la idea de quedarse y conocer nuevas experiencias. “Hay que aceptar que en La Paz la cultura musical rockera o blusera siempre fue mayor que la de acá, por diversas razones que no siempre son muy claras”, indica. “Allí tuve la suerte de experimentar con instrumentos andinos y comprobar cómo el formato de la música de blues, en compases armados en escala pentatónica de 4x4 es similar a la música andina. No sé si esta coincidencia es lógica o ilógica”.
Mientras se oye un tema de Otis Redding, la charla gira en torno a diversos aspectos del blues. Por momentos Drago compara la peculiaridad que tuvo el blues de ramificarse en géneros más 'bailables' como el funk o el soul de James Brown, mientras afirma que el género no deja de ser una modalidad musical en la que solamente importan los sentimientos. “A pesar de toda la evolución y la influencia en la música popular, el blues mantiene su tradición pura en sus tres acordes básicos, muy simples. No deja de ser una improvisación a diario”.
Drago enfatiza que un verdadero 'bluesman' no toca sino que siente el blues, es decir, necesita sentir cómo se agitan las notas en su cuerpo. Asimismo, asegura que generalmente no se encuentra mucha poesía en el blues, la mayor parte se trataría de relatos simples, de cosas vividas por el músico. Esto correspondería, sobre todo, a las primeras composiciones de los también llamados 'rolling stones', tipos que deambulaban por pequeñas poblaciones expresando sus penas con su guitarra de palo mediante el método de 'call and response', es decir, emitir una frase y luego su correspondiente punteo a manera de respuesta.
Drago, lo ejemplifica mejor: “Si al tipo se le murió el perro, dice: Nena se murió mi perro y ahora estoy llorando, o si no: Mujer por qué me abandonaste. Siempre hay lamento en la historia del hombre de blues. La expresión idiomática de esa primera época es más vulgar, no había mucha riqueza lingüística. Luego se comenzó a generar entre ellos una especie de estirpe, como ciertas subculturas; por un lado estaban los bluseros de saco y corbata, y por otro los más desprolijos, los de voz finita, los de voz gruesa, los rurales o los urbanos. A mediados de los 60 esta cultura cruzó el océano Atlántico y llegó primero a Inglaterra, donde los habitantes de ese país adoptaron inmediatamente el estilo y lo manifestaron con grandes exponentes blancos de la música negra como John Mayall y Eric Clapton. Hoy en día quedan muy poquitos de eso bluseros. Hace unos años se murió John Lee Hooker, ahora queda B.B. King y un par de músicos más por ahí”.
De los dos anteriores, John Lee Hooker tiene el patrón de medida para tocar en que se basa Dogan. El famoso 'bluesman' autodidacta se destacó por hacer un blues cargado con algo más de poesía. Tenía una dialéctica más refinada y le cantaba a diversas cosas con algo más de detalle.
La charla continúa y Drago tiene la peculiar habilidad de pasar fácilmente de un tema a otro, tal vez sea que tiene mucho que contar y poco tiempo para hacerlo ya que, según dijo, vive lejos, por lo tanto no quería llegar tarde a su casa. Cuando decide que es hora de retirarse, coincidentemente, la música de fondo que sirvió de 'inspiración' para la entrevista es cambiada por la transmisión radial del partido Bolívar- Estudiantes de La Plata. No importa, ya habrá otra oportunidad de seguir escuchándolo; él sabe que quedan muchas más anécdotas por contar, tanto arriba como abajo del escenario.

La satisfacción de servir a la gente

Drago dice que las diferencias entre oriente y occidente no deberían ser un motivo de división, ya que simplemente se trata de culturas distintas que tienen sus propias costumbres y estilos de vida. “Ya sean serbios o croatas, o cambas y collas cada uno tiene sus propias raíces, eso se debe aceptar así. Es importante valorar las raíces culturales de una nación porque un país sin cultura no es país. Bolivia es un crisol de razas bajo un mismo territorio, por lo tanto deberíamos darnos las manos entre todos. Sería muy tonto que no nos apoyemos en pleno siglo XXI cuando la integración debiera ser nuestro principal objetivo”, expresa con seguridad.
Asimismo afirma que ha tenido muchas satisfacciones en los 17 años que lleva en el país, 14 de ellos en Santa Cruz. Le satisface servir a la humanidad apoyando a la gente enferma (es voluntario de la Cruz Roja). “Me encanta cuando los chicos me paran en la calle; muchos de ellos fueron mis alumnos a los 12 ó 13 años y ahora con 25 años me dan las gracias por haberles enseñado y hacerles conocer algo nuevo para ellos. Yo no vivo de la música, pero todo lo que hago lo hago con todo mi cariño y sentimiento. El blues nunca va a morir para mí y no voy a transar haciendo ritmos de moda, ni ninguna cosa rara, simplemente me interesa que la gente siga conociendo más sobre este tipo de música que yo adopté como forma de vida”.