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Drago. Las vivencias de un verdadero hombre de blues
Pionero. Este fin de semana se presentó en Santa Cruz Jazz Club para festejar los 17 años desde que llegó a Bolivia para quedarse
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Profesor. Drago asegura que las satisfacciones más grandes que ha sentido son saber que aportó de alguna manera para que este género se conozca más y ver cómo sus alumnos se enamoraron de su instrumento |
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Aunque a muchos de los viejos bluseros del delta del Mississippi en Estados
Unidos no les interesaba moverse fuera de sus ‘cuevas’, mientras permanecían
aferrados a esa corriente, con el tiempo buscar nuevos horizontes se convirtió
en una condición sine qua non para ellos. Así se fue transmitiendo esa armonía
que se convirtió en la base para el desarrollo de la música popular del siglo XX.
Fue precisamente gracias a un viaje que Drago Dogan pudo conocer esta música que
nació a miles de kilómetros de tierras croatas, de donde es oriundo. “Soy de la
región de Dalmacia, pero cuando era 'peladito' viajé con un tío a Chicago. Allí
recuerdo que cuando llegamos a la ciudad nos detuvimos a cargar gasolina en la
carretera y vi a un negro que tocaba la armónica. Aunque parezca increíble el
sonido me atrapó inmediatamente y a partir de ese momento mágico me interesé por
el blues. Claro, luego vendría lo demás, es decir, informarme leyendo libros y
profundizar en todo lo relacionado con esta música”, asegura.
Lo que siguió es parte de una historia que el músico cuenta cada vez que se
presenta la oportunidad, como en este caso que sentó a la barra del Santa Cruz
Jazz Club para anunciar el recital que realizó en el boliche este fin de semana
festejando los 17 años de su llegada a Bolivia.
La leyenda dice que Drago llegó a la Paz en 1989 detrás de un amor y no
precisamente con la idea de convertirse en el iniciador de la movida blusera que
se generó tiempo después. “Una mujer me trajo a este país; vine por ella, estuve
junto a ella y luego me separé como el típico burro. A veces uno no sabe
apreciar las cosas lindas que tiene y luego se arrepiente cuando las pierde. Así
fue como se me abrieron las puertas en este hermoso país, para mí fue
maravilloso encontrarme con una cultura tan diversa. Conocer La Paz fue una
linda experiencia allí, estuve hasta 1992, cuando me vine a Santa Cruz donde
conocí este paraíso tropical y decidí quedarme”.
Una melodía conocida de Miles Davis sale de los parlantes, mientras el
trompetista Erick Cuevas, propietario del local, ofrece algo para tomar
interviniendo ocasionalmente en la charla. Drago por su parte, muy inquieto al
momento de expresarse, pero con un singular interés por responder cada pregunta,
pide a Cuevas que acerque el ventilador para atenuar un poco la sensación de
calor en el lugar. En realidad era el inicio de una sofocante semana
característica en la ciudad a la que Drago se acostumbró hace bastante tiempo.
Antes de eso experimentó el clima gélido del altiplano, al mismo tiempo que
formaba parte de la algarabía rockera que predominaba en La Paz a fines de los
80. “Cuando llegué a Bolivia tuve la suerte de hacerlo en un momento en que se
estaba comenzando a gestar un movimiento musical, fue algo mágico, luego
comenzaron a aparecer propuestas y los boliches aumentaron, ahí aproveché para
formar parte”.
En esos años Drago tocaba en locales con los integrantes de bandas que tiempo
después terminarían por consagrarse: Lou-Kass, Coda-3 y Diez Irae. El lugar más
frecuentado era el mítico Socavón. “Recuerdo que una noche se me acercó Rodrigo
Villegas y me dijo: “Che Drago, te acompaño viejo”, entonces yo encantado lo
dejo tomar la guitarra, mientras lo sigo con la armónica. Así se fueron sumando
a las inolvidables jam sessions Christian Krauss, Martín Jofré y otros músicos
con los que formábamos superbandas en una noche”.
En Santa Cruz le resultó más difícil que el público de los pocos boliches que
había pudiera digerir fácilmente su estilo. “Los cambas me decían: “¿Qué es
esto?, es música para viejos”. Ahí me di cuenta de que el blues al ser una
música más calmada, es más difícil que guste inmediatamente en un región
calurosa donde la gente no está acostumbrada a sentarse a escuchar a un músico,
sino que más le interesa bailar, es por ello que lo tropical tuvo mayor acogida
desde un principio, prueba de eso es el éxito que tiene hasta ahora la cumbia,
la salsa o el merengue”.
El músico vio eso como un desafío, ya que le atrajo la idea de quedarse y
conocer nuevas experiencias. “Hay que aceptar que en La Paz la cultura musical
rockera o blusera siempre fue mayor que la de acá, por diversas razones que no
siempre son muy claras”, indica. “Allí tuve la suerte de experimentar con
instrumentos andinos y comprobar cómo el formato de la música de blues, en
compases armados en escala pentatónica de 4x4 es similar a la música andina. No
sé si esta coincidencia es lógica o ilógica”.
Mientras se oye un tema de Otis Redding, la charla gira en torno a diversos
aspectos del blues. Por momentos Drago compara la peculiaridad que tuvo el blues
de ramificarse en géneros más 'bailables' como el funk o el soul de James Brown,
mientras afirma que el género no deja de ser una modalidad musical en la que
solamente importan los sentimientos. “A pesar de toda la evolución y la
influencia en la música popular, el blues mantiene su tradición pura en sus tres
acordes básicos, muy simples. No deja de ser una improvisación a diario”.
Drago enfatiza que un verdadero 'bluesman' no toca sino que siente el blues, es
decir, necesita sentir cómo se agitan las notas en su cuerpo. Asimismo, asegura
que generalmente no se encuentra mucha poesía en el blues, la mayor parte se
trataría de relatos simples, de cosas vividas por el músico. Esto
correspondería, sobre todo, a las primeras composiciones de los también llamados
'rolling stones', tipos que deambulaban por pequeñas poblaciones expresando sus
penas con su guitarra de palo mediante el método de 'call and response', es
decir, emitir una frase y luego su correspondiente punteo a manera de respuesta.
Drago, lo ejemplifica mejor: “Si al tipo se le murió el perro, dice: Nena se
murió mi perro y ahora estoy llorando, o si no: Mujer por qué me abandonaste.
Siempre hay lamento en la historia del hombre de blues. La expresión idiomática
de esa primera época es más vulgar, no había mucha riqueza lingüística. Luego se
comenzó a generar entre ellos una especie de estirpe, como ciertas subculturas;
por un lado estaban los bluseros de saco y corbata, y por otro los más
desprolijos, los de voz finita, los de voz gruesa, los rurales o los urbanos. A
mediados de los 60 esta cultura cruzó el océano Atlántico y llegó primero a
Inglaterra, donde los habitantes de ese país adoptaron inmediatamente el estilo
y lo manifestaron con grandes exponentes blancos de la música negra como John
Mayall y Eric Clapton. Hoy en día quedan muy poquitos de eso bluseros. Hace unos
años se murió John Lee Hooker, ahora queda B.B. King y un par de músicos más por
ahí”.
De los dos anteriores, John Lee Hooker tiene el patrón de medida para tocar en
que se basa Dogan. El famoso 'bluesman' autodidacta se destacó por hacer un
blues cargado con algo más de poesía. Tenía una dialéctica más refinada y le
cantaba a diversas cosas con algo más de detalle.
La charla continúa y Drago tiene la peculiar habilidad de pasar fácilmente de un
tema a otro, tal vez sea que tiene mucho que contar y poco tiempo para hacerlo
ya que, según dijo, vive lejos, por lo tanto no quería llegar tarde a su casa.
Cuando decide que es hora de retirarse, coincidentemente, la música de fondo que
sirvió de 'inspiración' para la entrevista es cambiada por la transmisión radial
del partido Bolívar- Estudiantes de La Plata. No importa, ya habrá otra
oportunidad de seguir escuchándolo; él sabe que quedan muchas más anécdotas por
contar, tanto arriba como abajo del escenario.
La satisfacción de servir a la gente
Drago dice que las diferencias entre oriente y occidente no deberían ser un
motivo de división, ya que simplemente se trata de culturas distintas que tienen
sus propias costumbres y estilos de vida. “Ya sean serbios o croatas, o cambas y
collas cada uno tiene sus propias raíces, eso se debe aceptar así. Es importante
valorar las raíces culturales de una nación porque un país sin cultura no es
país. Bolivia es un crisol de razas bajo un mismo territorio, por lo tanto
deberíamos darnos las manos entre todos. Sería muy tonto que no nos apoyemos en
pleno siglo XXI cuando la integración debiera ser nuestro principal objetivo”,
expresa con seguridad.
Asimismo afirma que ha tenido muchas satisfacciones en los 17 años que lleva en
el país, 14 de ellos en Santa Cruz. Le satisface servir a la humanidad apoyando
a la gente enferma (es voluntario de la Cruz Roja). “Me encanta cuando los
chicos me paran en la calle; muchos de ellos fueron mis alumnos a los 12 ó 13
años y ahora con 25 años me dan las gracias por haberles enseñado y hacerles
conocer algo nuevo para ellos. Yo no vivo de la música, pero todo lo que hago lo
hago con todo mi cariño y sentimiento. El blues nunca va a morir para mí y no
voy a transar haciendo ritmos de moda, ni ninguna cosa rara, simplemente me
interesa que la gente siga conociendo más sobre este tipo de música que yo
adopté como forma de vida”.
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