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Juan Soriano, uno de los últimos rebeldes del arte
mexicano del siglo XX
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Muchacho de mil años y viejo de 20, como lo definió en
una ocasión el poeta Octavio Paz, el mexicano Juan Soriano (1920), fallecido
este viernes a los 85 años de edad, fue toda su vida un rebelde de las artes
plásticas.
Soriano, hospitalizado desde el pasado 25 de enero, falleció en la capital
mexicana por complicaciones de una neuroinfección, informó a la AFP vía
telefónica su representante, Marek Keller.
A lo largo de siete décadas de creación, el artista plástico pasó con igual
energía de la pintura a la escultura, de la escenografía teatral a los
tapices, hasta convertirse en uno de los artistas más importantes y versátiles
del siglo XX en México.
Superviviente de una generación que unió a otros monstruos del arte como Diego
Rivera, a arquitectos como Luis Barragán y a poetas como el propio Octavio
Paz, Soriano se formó en el México agitado que surgió de las cenizas de la
Revolución de 1910.
Nació en Guadalajara (oeste) el 18 de agosto de 1920. A los 12 años ya era
asiduo del hogar del artista Jesús "Chucho" Reyes, donde conoció a Luis
Barragán, a quien le uniría el orgullo y la fascinación por los colores y los
volúmenes del paisaje tradicional mexicano.
Con 14 años de edad participó en una exposición colectiva, con sendos retratos
de sus hermanas Rosa y Martha. Sus maestros le recomendaron que fuera a
estudiar a Ciudad de México.
En la capital mexicana de los años 30, artistas y escritores iban y venían
entre Europa y su propio y turbulento país, entre la fascinación por el arte
prehispánico y el surrealismo y las vanguardias que agitaban al viejo
continente.
Soriano recogió todas esas influencias y pintó retratos en cartones como Diego
Rivera o su maestro Antonio Ruiz "El Corcito", diseñó esculturas como Pablo
Picasso y tertulió con escritores como Salvador Novo y fotógrafos como Manuel
Alvarez Bravo, para luego sacar sus propias conclusiones.
"Siento que la obra que he hecho está ligada con lo que he vivido; con mi vida
cotidiana, con la gente con quien tuve la suerte de vivir y no con la historia
del arte", dirá años más tarde.
Se inscribió en la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, que abandonó
unos años después.
Abordó el bronce y la cerámica. Comenzó a colaborar con directores teatrales
como escenógrafo y fue protagonista de ensayos y artículos escritos por sus
amigos, a los que retrató en plenitud intelectual, como Xavier Villaurrutia.
En los 40 y 50 viajó a Estados Unidos, a Europa, y afianzó un discurso
pictórico conceptual pero lleno de alegorías, como la muerte --tradicional
obsesión mexicana--, el vacío de algunos paisajes de su país, los sueños
personales y colectivos.
De 1941 es "Angel de la Guarda", con clara influencia del arte popular, y de
principios de los años 60 una serie de retratos sobre su modelo preferida,
Lupe Marín.
"Un día dije: 'Yo voy a hacer cosas abstractas porque ha de ser muy
divertido'... Hice cuadros que tenían mucho éxito y todos los jóvenes de aquí,
que no se atrevían entonces a trabajar nada de eso, también empezaron a
hacerlo", declaró para explicar su siguiente etapa.
Luego, una vez más, se cansó. "Pasó más tiempo y reaparecieron,
progresivamente, las figuras que yo trataba de disfrazar", añadió.
Volvieron las figuras, y también ocuparon progresivamente más espacio en su
trabajo escultórico, que culminaría con una serie de animales gigantescos que
aún pueden disfrutarse en las calles de su ciudad natal y de la capital.
A partir de los 80 llegó el reconocimiento indiscutible, con el Premio
Nacional de Arte en 1987, y exposiciones por sus 50, 60 años de obra
pictográfica, en México y el mundo entero.
Recibió la Legión de Honor de Francia, en grado de oficial, y en junio del año
pasado, España le otorgó el Premio Velázquez de Artes Plásticas.
"El pequeño gran secreto, quizá el único, está en la rebeldía, máxima suprema
del artista", manifestó en esa ocasión.
AFP
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