Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 10, Febrero de 2006
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Juan Soriano, uno de los últimos rebeldes del arte mexicano del siglo XX
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Muchacho de mil años y viejo de 20, como lo definió en una ocasión el poeta Octavio Paz, el mexicano Juan Soriano (1920), fallecido este viernes a los 85 años de edad, fue toda su vida un rebelde de las artes plásticas.
Soriano, hospitalizado desde el pasado 25 de enero, falleció en la capital mexicana por complicaciones de una neuroinfección, informó a la AFP vía telefónica su representante, Marek Keller.
A lo largo de siete décadas de creación, el artista plástico pasó con igual energía de la pintura a la escultura, de la escenografía teatral a los tapices, hasta convertirse en uno de los artistas más importantes y versátiles del siglo XX en México.
Superviviente de una generación que unió a otros monstruos del arte como Diego Rivera, a arquitectos como Luis Barragán y a poetas como el propio Octavio Paz, Soriano se formó en el México agitado que surgió de las cenizas de la Revolución de 1910.
Nació en Guadalajara (oeste) el 18 de agosto de 1920. A los 12 años ya era asiduo del hogar del artista Jesús "Chucho" Reyes, donde conoció a Luis Barragán, a quien le uniría el orgullo y la fascinación por los colores y los volúmenes del paisaje tradicional mexicano.
Con 14 años de edad participó en una exposición colectiva, con sendos retratos de sus hermanas Rosa y Martha. Sus maestros le recomendaron que fuera a estudiar a Ciudad de México.
En la capital mexicana de los años 30, artistas y escritores iban y venían entre Europa y su propio y turbulento país, entre la fascinación por el arte prehispánico y el surrealismo y las vanguardias que agitaban al viejo continente.
Soriano recogió todas esas influencias y pintó retratos en cartones como Diego Rivera o su maestro Antonio Ruiz "El Corcito", diseñó esculturas como Pablo Picasso y tertulió con escritores como Salvador Novo y fotógrafos como Manuel Alvarez Bravo, para luego sacar sus propias conclusiones.
"Siento que la obra que he hecho está ligada con lo que he vivido; con mi vida cotidiana, con la gente con quien tuve la suerte de vivir y no con la historia del arte", dirá años más tarde.
Se inscribió en la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, que abandonó unos años después.
Abordó el bronce y la cerámica. Comenzó a colaborar con directores teatrales como escenógrafo y fue protagonista de ensayos y artículos escritos por sus amigos, a los que retrató en plenitud intelectual, como Xavier Villaurrutia.
En los 40 y 50 viajó a Estados Unidos, a Europa, y afianzó un discurso pictórico conceptual pero lleno de alegorías, como la muerte --tradicional obsesión mexicana--, el vacío de algunos paisajes de su país, los sueños personales y colectivos.
De 1941 es "Angel de la Guarda", con clara influencia del arte popular, y de principios de los años 60 una serie de retratos sobre su modelo preferida, Lupe Marín.
"Un día dije: 'Yo voy a hacer cosas abstractas porque ha de ser muy divertido'... Hice cuadros que tenían mucho éxito y todos los jóvenes de aquí, que no se atrevían entonces a trabajar nada de eso, también empezaron a hacerlo", declaró para explicar su siguiente etapa.
Luego, una vez más, se cansó. "Pasó más tiempo y reaparecieron, progresivamente, las figuras que yo trataba de disfrazar", añadió.
Volvieron las figuras, y también ocuparon progresivamente más espacio en su trabajo escultórico, que culminaría con una serie de animales gigantescos que aún pueden disfrutarse en las calles de su ciudad natal y de la capital.
A partir de los 80 llegó el reconocimiento indiscutible, con el Premio Nacional de Arte en 1987, y exposiciones por sus 50, 60 años de obra pictográfica, en México y el mundo entero.
Recibió la Legión de Honor de Francia, en grado de oficial, y en junio del año pasado, España le otorgó el Premio Velázquez de Artes Plásticas.
"El pequeño gran secreto, quizá el único, está en la rebeldía, máxima suprema del artista", manifestó en esa ocasión.

 

AFP