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Solidaridad que se debe
honrar
Algo realmente destacable es la oportunidad y magnitud de la solidaridad con
Bolivia a raíz de los desastres naturales que provocaron las lluvias en zonas de
los departamentos de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Órganos de la cooperación
multilateral y gobiernos de varios países del continente latinoamericano y de
Europa se apresuraron en hacernos llegar su ayuda en alimentos, ropa, vituallas
y hasta dinero para que asistamos a los damnificados por las riadas, muchos de
los cuales perdieron casas y sembradíos, viviendo actualmente en forma muy
precaria bajo carpas en campamentos improvisados.
La asistencia foránea asciende a varias decenas de millones de dólares. Cuba
envió todo un contingente de médicos y atrás no se quedó Venezuela, con lo suyo.
De Estados Unidos llegó un avión carguero atiborrado de alimentos y enseres.
Chile y España, así como Francia y Alemania, por sólo citar a estos países,
acreditaron igualmente elogiable sensibilidad con Bolivia en momentos tan
difíciles para los damnificados, todos gente pobre y humilde a la que hay que
ayudar para que se reponga y siga adelante.
Consideramos necesario que los bolivianos, valorando en alto grado el gesto de
gran parte de la comunidad internacional hacia nosotros, sepamos retribuir su
gesto con un manejo idóneo y absolutamente transparente de la ayuda recibida.
Postulamos lo anterior porque no se nos desvanece de la memoria la mala imagen
que en un pasado reciente, Bolivia proyectó al exterior con una administración
caótica y corrupta de dicho tipo de asistencia. Quedamos muy mal parados con los
escándalos que sucedieron al desvío de los recursos económicos y bienes
recibidos a fines que nada tenían que ver con la asistencia a las víctimas del
terremoto que sacudió a Aiquile y Totora, en Cochabamba.
De ninguna manera queremos prejuzgar. Confiamos en que tanto el Gobierno como
las autoridades departamentales han tomado ya sus recaudos para que lo anterior
no vuelva a ocurrir con las donaciones de alimentos, dinero y vituallas para las
víctimas de las riadas en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Simple y llanamente
nos proponemos alertar a la gente de estos niveles de los riesgos que siempre
implica tal tipo de trabajo en un país que arrastra desde siempre una tradición
de corrupción que no se cortará de la noche a la mañana, sino en un largo
proceso, a golpes certeros en materia de prevención (prevención, sobre todo) y
penalización. Por mucho que se esfuercen los cabezas de sector, siempre existe
la posibilidad de que los de abajo les descuiden de algún modo, metiendo la mano
donde no deben.
Como punto de partida, urge una transparencia total en el manejo de la
mencionada ayuda externa. Se debe hacer un inventario completo de todo lo
recibido, con indicación del valor global. Igualmente, de los destinos
específicos de los recursos, artículos y bienes de la asistencia. Que el pueblo
sepa quién o quienes hacen la distribución, con un detalle preciso de los
destinatarios. Esto debe hacerse inclusive antes de que la ayuda parta hacia los
damnificados desde los respectivos puntos de almacenamiento.
Pero lo anterior no basta. Urge también un sistema de control social, a nivel
departamental, que bien podrían dirigir los respectivos comités cívicos, para
que nadie desvíe nada y la ayuda llegue a donde debe llegar y no a otras manos.
Creemos que ésta es la forma en que Bolivia debe honrar la generosa ayuda de los
miembros de la comunidad internacional a los damnificados por las riadas.
Otro plan de seguridad ciudadana
Marcelo Rivero
Con motivo de los recientes cambios de autoridades departamentales, en
nuestro distrito tenemos otro comandante de la Policía que tras asumir funciones
anunció nuevos planes de seguridad ciudadana, como la creación de 500 brigadas
en otros tantos barrios, además de un “grupo de reacción inmediata” para casos
de desastres naturales y seguramente por si ocurriesen hechos violentos con
acciones delictivas de por medio con participación de maleantes de los tantos
que andan sueltos por ahí o que actúan a su libre albedrío por mucho que guarden
reclusión en una celda policial o en la misma cárcel de Palmasola.
Desde décadas atrás, cuando Santa Cruz empezó a ser plaza importante
especialmente por su creciente actividad económica y los antisociales le echaron
el ojo para hacer su agosto, los jerarcas policiales y del Poder Ejecutivo
tejieron proyectos -fuera de las promesas de estilo-, para preservar la
seguridad pública. Solemnes los discursos -uno de ellos, bien lo recuerdo,
lanzado a voz en cuello desde la lejana población de San Matías-, anunciando los
planes para poner en su sitio a los delincuentes quienes al otro día, como para
desmentir las aseveraciones, perpetraban fechorías osadas, a sangre fría y sin
pizca de consideración. Así hasta el presente, que nos sorprende con asaltos en
serie, crímenes, violaciones y otras graves contravenciones a la ley.
Creo que no se avanzará demasiado en la lucha contra la delincuencia con
discursos, declaraciones y más proyectos, sino con un cambio de actitud en la
institución del orden y dotándola de los elementos necesarios. Cambio de
actitud, por ejemplo, para que no prevalezca la influencia de los políticos, de
las autoridades, de los poderosos, para que se destierre la manipulación, para
que los uniformados dejen de ser esos hombrecitos a los que se les asigna tareas
domésticas, que caminan detrás de los jefes para obedecer sus caprichos, que
hacen de oficinistas, de archiveros, de sacadores de huellas digitales, por
último que se los puede alquilar. No señor, los que se ponen el uniforme verde
olivo tienen que estar en las calles, en las plazas, en los barrios, en fin, en
cualquier sitio donde exista concentración humana, atentos y listos para
intervenir ante la mínima irregularidad que perciban. Para ello requieren de
entrenamiento, de un sueldo decente -no las miserias que ganan-, y de la
provisión de material para que sus tareas de control y vigilancia resulten
eficientes.
Esto en todo el país pero muy principalmente en Santa Cruz, vale decir en la
capital y en las provincias porque, como está dicho al principio, la
delincuencia en nuestro distrito se pasea campante y opera desde la mismísima
penitenciaría.
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