Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 9, Febrero de 2006
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Solidaridad que se debe honrar

Algo realmente destacable es la oportunidad y magnitud de la solidaridad con Bolivia a raíz de los desastres naturales que provocaron las lluvias en zonas de los departamentos de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Órganos de la cooperación multilateral y gobiernos de varios países del continente latinoamericano y de Europa se apresuraron en hacernos llegar su ayuda en alimentos, ropa, vituallas y hasta dinero para que asistamos a los damnificados por las riadas, muchos de los cuales perdieron casas y sembradíos, viviendo actualmente en forma muy precaria bajo carpas en campamentos improvisados.
La asistencia foránea asciende a varias decenas de millones de dólares. Cuba envió todo un contingente de médicos y atrás no se quedó Venezuela, con lo suyo. De Estados Unidos llegó un avión carguero atiborrado de alimentos y enseres. Chile y España, así como Francia y Alemania, por sólo citar a estos países, acreditaron igualmente elogiable sensibilidad con Bolivia en momentos tan difíciles para los damnificados, todos gente pobre y humilde a la que hay que ayudar para que se reponga y siga adelante.
Consideramos necesario que los bolivianos, valorando en alto grado el gesto de gran parte de la comunidad internacional hacia nosotros, sepamos retribuir su gesto con un manejo idóneo y absolutamente transparente de la ayuda recibida.
Postulamos lo anterior porque no se nos desvanece de la memoria la mala imagen que en un pasado reciente, Bolivia proyectó al exterior con una administración caótica y corrupta de dicho tipo de asistencia. Quedamos muy mal parados con los escándalos que sucedieron al desvío de los recursos económicos y bienes recibidos a fines que nada tenían que ver con la asistencia a las víctimas del terremoto que sacudió a Aiquile y Totora, en Cochabamba.
De ninguna manera queremos prejuzgar. Confiamos en que tanto el Gobierno como las autoridades departamentales han tomado ya sus recaudos para que lo anterior no vuelva a ocurrir con las donaciones de alimentos, dinero y vituallas para las víctimas de las riadas en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Simple y llanamente nos proponemos alertar a la gente de estos niveles de los riesgos que siempre implica tal tipo de trabajo en un país que arrastra desde siempre una tradición de corrupción que no se cortará de la noche a la mañana, sino en un largo proceso, a golpes certeros en materia de prevención (prevención, sobre todo) y penalización. Por mucho que se esfuercen los cabezas de sector, siempre existe la posibilidad de que los de abajo les descuiden de algún modo, metiendo la mano donde no deben.
Como punto de partida, urge una transparencia total en el manejo de la mencionada ayuda externa. Se debe hacer un inventario completo de todo lo recibido, con indicación del valor global. Igualmente, de los destinos específicos de los recursos, artículos y bienes de la asistencia. Que el pueblo sepa quién o quienes hacen la distribución, con un detalle preciso de los destinatarios. Esto debe hacerse inclusive antes de que la ayuda parta hacia los damnificados desde los respectivos puntos de almacenamiento.
Pero lo anterior no basta. Urge también un sistema de control social, a nivel departamental, que bien podrían dirigir los respectivos comités cívicos, para que nadie desvíe nada y la ayuda llegue a donde debe llegar y no a otras manos.
Creemos que ésta es la forma en que Bolivia debe honrar la generosa ayuda de los miembros de la comunidad internacional a los damnificados por las riadas.


Otro plan de seguridad ciudadana
Marcelo Rivero

Con motivo de los recientes cambios de autoridades departamentales, en nuestro distrito tenemos otro comandante de la Policía que tras asumir funciones anunció nuevos planes de seguridad ciudadana, como la creación de 500 brigadas en otros tantos barrios, además de un “grupo de reacción inmediata” para casos de desastres naturales y seguramente por si ocurriesen hechos violentos con acciones delictivas de por medio con participación de maleantes de los tantos que andan sueltos por ahí o que actúan a su libre albedrío por mucho que guarden reclusión en una celda policial o en la misma cárcel de Palmasola.
Desde décadas atrás, cuando Santa Cruz empezó a ser plaza importante especialmente por su creciente actividad económica y los antisociales le echaron el ojo para hacer su agosto, los jerarcas policiales y del Poder Ejecutivo tejieron proyectos -fuera de las promesas de estilo-, para preservar la seguridad pública. Solemnes los discursos -uno de ellos, bien lo recuerdo, lanzado a voz en cuello desde la lejana población de San Matías-, anunciando los planes para poner en su sitio a los delincuentes quienes al otro día, como para desmentir las aseveraciones, perpetraban fechorías osadas, a sangre fría y sin pizca de consideración. Así hasta el presente, que nos sorprende con asaltos en serie, crímenes, violaciones y otras graves contravenciones a la ley.
Creo que no se avanzará demasiado en la lucha contra la delincuencia con discursos, declaraciones y más proyectos, sino con un cambio de actitud en la institución del orden y dotándola de los elementos necesarios. Cambio de actitud, por ejemplo, para que no prevalezca la influencia de los políticos, de las autoridades, de los poderosos, para que se destierre la manipulación, para que los uniformados dejen de ser esos hombrecitos a los que se les asigna tareas domésticas, que caminan detrás de los jefes para obedecer sus caprichos, que hacen de oficinistas, de archiveros, de sacadores de huellas digitales, por último que se los puede alquilar. No señor, los que se ponen el uniforme verde olivo tienen que estar en las calles, en las plazas, en los barrios, en fin, en cualquier sitio donde exista concentración humana, atentos y listos para intervenir ante la mínima irregularidad que perciban. Para ello requieren de entrenamiento, de un sueldo decente -no las miserias que ganan-, y de la provisión de material para que sus tareas de control y vigilancia resulten eficientes.
Esto en todo el país pero muy principalmente en Santa Cruz, vale decir en la capital y en las provincias porque, como está dicho al principio, la delincuencia en nuestro distrito se pasea campante y opera desde la mismísima penitenciaría.