Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 6, Febrero de 2006
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A frenar el delito de violación

La semana pasada, aunque en número inferior que las anteriores, se han verificado denuncias ante autoridades policiales y organismos de defensoría, de abusos sexuales contra menores de edad, generalmente chicas y chicos de condición humilde que andan por las calles en alguna actividad, pero también contra pequeños de más tierna edad que por ello ni siquiera están en capacidad de resistirse o pedir auxilio. Según las informaciones de prensa todas esas denuncias han sido confirmadas por los médicos forenses, o sea que se han consumado los hechos. En la mayoría de los casos ocurridos hace algún tiempo han caído presos los individuos y luego condenados a penas de cárcel, aunque varios otros, tras un acuerdo económico con padres o tutores de las víctimas, se beneficiaron con el retiro de la acusación y quedaron libres y campantes, muy posiblemente decididos a reincidir en sus depravadas acciones.
Este delito, como tantos otros de graves características, no era corriente en la Santa Cruz de la Sierra de hasta hace cuatro o cinco décadas, cuando había tanto respeto por lo propiedad ajena, cuando no se urdían planes tenebrosos contra la vida del prójimo, cuándo ésta no corría riesgo en cada esquina al paso de vehículos motorizados, cuando la honestidad de niños, adolescentes y mayores era asunto sagrado y ultrajarla equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.
Bastante antes de transitar por este siglo 21 que avanza a ritmo de vértigo, los valores de la honradez y decencia se han ido perdiendo, pisoteados por sujetos llegados de próximas o lejanas latitudes, sin Dios ni ley que, para desgracia mayor, encontraron imitadores y aventajados alumnos en la ya agitada metrópoli. Es que ya sabemos que el mal ejemplo corre como reguero de pólvora, más todavía si no hay un control severo y la ley no siempre se aplica, no al menos con la rigurosidad que imponen las circunstancias desde el instante en que, como está expresado, perpetrada la falta, sobrevienen las componendas -se hace amplio aprovechamiento de las necesidades económicas de la gente humilde- y los depravados quedan en la impunidad. De otro modo no se entiende la noticia de los últimos días dando cuenta de uno de los tantos hechos de violación, con el agregado de un informe del Régimen Penitenciario: esta agresión al pudor figura en el tercer lugar de los hechos delictivos en la capital cruceña, detrás del narcotráfico y del robo agravado.
Así entonces está resultando común que los degenerados unas veces empleando artimañas, otras veces tendiendo emboscadas, y otras más recurriendo a la fuerza bruta, cometan el delito de violación con resultados realmente catastróficos. Catastróficos porque suelen tener desenlaces fatales, porque la dignidad humana ha sido mellada en lo más hondo, porque las víctimas sufren daños psicológicos casi siempre irreversibles, porque la misma colectividad es objeto de conmoción y queda traumatizada.
No podemos permitir que los índices de violación continúen su marcha ascendente porque, fuera de los problemas ya señalados, la moral pública se va deteriorando y el relajamiento de las costumbres puede ser total. Consecuentemente las autoridades pertinentes tienen que ser rigurosas: primero las policiales haciendo cuanto sea posible para impedir los hechos, en seguida el Ministerio Público para no tolerar por ningún motivo los “arreglos amigables” -sobre todo en tratándose de menores de 14 años como lo prevé la ley-, y finalmente la justicia ordinaria siendo inflexible a la hora de dictar sentencia contra todo aquel que se siente en el banco por violador.
Todos debemos ser conscientes de cuán delicado es el asunto que hoy nos ocupa, asumir nuestras responsabilidades y entender que si no actuamos a tiempo el golpe de la violación puede sonar en la puerta de casa.


A morir tranquilo
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Cuadraba estrictamente con nuestros sentimientos.
Moría un ser querido y todo el ceremonial funerario había que realizarlo en casa.
Empezando por prestarse sillas, tocos u otros asientos, de los vecinos.
Luego, vestir de negro riguroso a los dolientes.
Incluyendo niños y muchachuelas.
Preparar de paso unos sándwiches con picadillo de carne y unos té con té.
Aprovisionarse de baldes de lágrimas para verterlas entre los brazos de las decenas y cientos de comadres y compadres que llegaban a acompañar en el dolor.
Como por lo general, dentro de la casa, no había el suficiente espacio para acomodar a los veladores, pues, -gustase o no gustase-, se los acomodaba en plena calle.
De esa manera se obstruía la circulación de los peatones y de los vehículos.
Por suerte, los vehículos no eran muchos.
Tres carretones, una camioneta y dos camiones que hacían viajes a Montero y a Cotoca.
Viajes que solían durar hasta dos días.
O más incluso, cuando se rompía el palier en el trayecto lleno de pozancones.
***
Hoy debe ser muy lindo morir.
Ya casi ni miedo le tengo a la huesuda.
El muerto cuenta hasta con aire acondicionado para no sudar aunque se encuentre con una pata en el infierno.
Los deudos están bien a la vista y ya no lloran por baldadas porque eso no se hace en público.
No preparan, los familiares, sándwiches ni té con té.
Y algo muy notable.
No tienen que realizar ese trámite burocrático que es el de dejar sentado ante un funcionario de esta vida, no de la otra, que uno ya estiró la pata y que, por lo tanto, no puede ser tomado en cuenta en las próximas elecciones para votar por el candidato oficialista.
Qué grande aporte ha sido el de las empresas funerarias.
Con sus instalaciones en que el muerto, por muy muerto que esté, debe sentirse como Alicia en el país de las maravillas
Las empresas funerarias han hecho del ceremonial un acontecimiento nada traumático
Morir así rodeado, vale la pena,
Nunca más volverá a oírse encomiendas como ésta: “Andá donde la comadre y pedile en mi nombre que me preste sus sillas p’al velorio.