Decisión errática
Es deber de todo medio de comunicación social que ciña su línea editorial a
un elemental principio de equilibrio, destacar e inclusive aplaudir cuanto de
bueno se haga desde el Gobierno, pero también criticar o más bien alertar sobre
lo que no sea tal y perjudique a sectores mayoritarios de la colectividad. Esto
último es la actitud correcta ante el Gobierno actual frente al asunto de la
importación de ropa usada.
El Gobierno, como se sabe, con tal de salir del paso, mediante Decreto Supremo,
autorizó a los contrabandistas de ropa usada (lo son, en su mayoría), a seguir
haciendo de las suyas hasta el 31 de julio de 2006. O sea que durante seis meses
continuará en todo el país la actividad ferial de ropa de segunda mano, sin que
nadie nos garantice la finitud de este plazo. El temor a que, bajo presión, se
lo amplíe vaya uno a saber hasta cuándo, es justificado, si nos atenemos a los
signos de debilidad que ya viene acusando el Gobierno en el tratamiento de los
conflictos sociales que le salen al paso cuando aún no ha completado ni siquiera
30 días de trabajo.
En Bolivia, la manufactura a nivel de micro y mediana empresa, generalmente
inserta en la economía informal, constituye medio de vida o fuente de trabajo
para centenares de miles de bolivianos. Un ejemplo conspicuo al respecto es la
urbe aimaro-mestiza de El Alto. Mucha gente se dedica allí a producir prendas de
vestir en talleres artesanales, particularmente para el mercado interno pero
también para el externo. El sector manufacturero se ha encogido en forma
sensible a raíz del contrabando masivo de ropa usada, particularmente de
procedencia americana. 22.000 talleres debieron cerrar sus puertas en los
últimos cinco años, con una pérdida de más de 107.800 puestos de trabajo en todo
el país. Es que la ropa nacional no puede competir con prendas extranjeras, por
sucias y contaminadas que éstas se hallen. El costo así lo determina: la usada
vale cinco veces menos (entre 10 y 15 bolivianos) que la nacional.
Sin duda que Evo Morales y sus ministros se hallan plenamente conscientes de que
llegaron al Palacio Quemado a trabajar a favor de todos y no de algunos, sin que
esto signifique desentenderse de intereses puramente sectoriales. Así lo pone de
manifiesto, entre otras cosas, una de sus propuestas programáticas respecto a un
desarrollo productivo que asegure empleos y mejores ingresos a los de abajo. Es
decir, a los pobres que hoy son la inmensa mayoría de una población rural y
urbana castigada por el desempleo, los bajos ingresos y la exclusión.
Igualmente, la que alude al establecimiento de líneas de asistencia financiera y
técnica a los pequeños y medianos productores de esto y aquello para que accedan
al mercado interno e internacional en una proyección de réditos ciertos.
Pero bastó que una pequeña masa de comerciantes de ropa usada se apostara frente
a Palacio de Gobierno para que Evo y sus ministros aprobaran el citado DS, en
una línea adversa a los intereses de centenares de miles de bolivianos que en
todo el país apuestan a una manufactura cuyo crecimiento y expansión al mercado
externo no se puede de ningún modo descuidar ni perjudicar. Sobre todo, por el
impacto que ella tiene en el empleo y el que alcanzaría en el PIB de llegar a
feliz término las gestiones para la ratificación de ciertos cruciales acuerdos
bilaterales de integración comercial.
Definitivamente, tan imprudente como errática la medida citada. Ojalá que cosas
así no vuelvan a repetirse.
Presidente Evo: venga más seguido por Santa
Cruz
Dominicus
Las últimas dos visitas del presidente Evo Morales a Santa Cruz de la Sierra
han sido auspiciosas. En la primera vino por la tragedia de las inundaciones y
en la segunda, se reunió con el empresariado local, lo que equivale en la
práctica a reunirse nada menos que con el 40% del Producto Interno Bruto (PIB)
de Bolivia y con lo más nacional que hay, ya que el empresariado no es solamente
‘cruceño’, aunque esté radicado aquí. Así como todo lo cruceño hoy es lo más
nacional que hay –pues acá conviven centenares de miles de bolivianos
provenientes de los ocho restantes departamentos– lo mismo sucede con los
empresarios. Lo dije muchas veces y lo repito: lo paceño es paceño, lo
cochabambino es cochabambino y así sucesivamente, pero nadie puede negar que lo
cruceño es lo único nacional, por su abigarrada composición.
Por tanto, el Presidente estuvo con el verdadero empresariado nacional en Santa
Cruz de la Sierra, mucho más representativo que aquellos que por el simple hecho
‘ventajero’ de estar en la sede de Gobierno se llaman ‘nacionales’ o ‘de
Bolivia’.
Lo importante es que primó el diálogo y hay promesas de incrementarlo. Eso es
bueno, como también lo será la prometida coordinación de políticas para lograr
un triple objetivo: ganancias lógicas para la empresa, mayores oportunidades de
empleo y ganancia para el Estado mediante impuestos e inserción laboral.
Evo tiene que generar una alianza estratégica con el departamento de Santa Cruz
para que le vaya mejor en su Gobierno. Al mismo tiempo, Santa Cruz debe
propiciar esa alianza por su propia conveniencia. No se trata de entrar en la
política ni en ‘pegas’. Al hablar de alianza me refiero a una concertación de
objetivos y de los medios para llegar a las metas propuestas, a fin de que de
esa forma la locomotora económica marche bien y arrastre positivamente al resto
del país. Esto hay que hacerlo y pronto.
Evo debe venir más seguido a Santa Cruz para no dejarse obnubilar por los cantos
de sirena de ciertos sectores paceños siempre aptos para encaramarse en el
gobierno de turno. El cruceño no ha matado ni discriminado indígenas; por el
contrario, siempre los acogió en nuestra generosa tierra. Sin embargo, muchos de
los ‘k’aras’ que ahora compiten descaradamente por la simpatía de Evo en La Paz
han sido en el pasado verdugos y discriminatorios de la gente originaria, aunque
ahora se mimetizan con la típica duplicidad de quien está acostumbrado a reptar
por el poder. Evo: no se deje embaucar y cúidese. Venga seguido a Santa Cruz de
la Sierra. Acá siempre le hablaremos con franqueza y cuando corresponda empujar
la nave del Estado, lo ayudaremos desinteresadamente.