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¿Otra vez a lo mismo?
A cierta distancia de ese epicentro
político-gremial que ahora es el Chapare cocalero, en el Parque Carrasco del
subtrópico cochabambino, campesinos dedicados al cultivo ilícito de coca
secuestraron a un alto funcionario de Direco. Armados de cartuchos de dinamita y
blandiendo machetes y palos, cercaron después a los efectivos de los Campamentos
Rojo 3 y Amarillo 3 que allí cumplían tareas de erradicación de coca ilegal, en
los términos previstos por la Ley 1008.
El asunto determinó la inmediata movilización del viceministro de la Coca,
Felipe Cáceres, quien, como se sabe, procede de las filas de los gremios de
cocaleros que desde Chapare, en buena medida, catapultaron sindical y
políticamente a Evo Morales.
Demás está decir el rango de prueba de fuego que el episodio de marras investía
para el régimen de Evo Morales, respecto a la gobernabilidad, traducida, entre
otras cosas, en hacer que se respete la ley o se la aplique sin contemplaciones
a quien la vulnere. Las acciones referidas líneas arriba se hallan tipificadas
como delitos y sancionadas con cárcel por el Código Penal boliviano. Era deber
del Poder Ejecutivo sentar la respectiva denuncia para que, sobre esta base,
entraran inmediatamente en acción la Policía Técnica Judicial y el Ministerio
Público con los respectivos mandamientos de detención preventiva en la mano,
desde luego, en razón de la flagrancia de los delitos, a fin de que los autores
sean puestos a disposición de juez competente para las medidas cautelares de
rigor. Todo esto, a cambio de que se considerara (en términos favorables, claro)
la demanda de interdicción cero en la zona. Una zona que no es como cualquier
otra. Ésta es un Parque Nacional que debe ser preservado contra el
avasallamiento cocalero, el cual viene a ser el peor de todos, por sus efectos
negativos en la cuestión ecológico-ambiental y la biodiversidad, así como por
sus inevitables conexiones con el narcotráfico.
En vez de hacer lo anterior, siguiendo el nefasto precedente de regímenes
pasados, a través de su viceministro de la Coca, el gobierno de Evo Morales, que
se proclama paradigma del cambio, no hizo otra cosa que negociar la ley. Dejó
que los autores delictivos se marcharan sonrientes y victoriosos a sus casas, a
cambio de que cesara el secuestro del funcionario de Direco y se levantara el
cerco a los batallones de efectivos dedicados a la erradicación de cultivos
ilegales de coca.
En el pasado inmediato, los regímenes negociaban la ley porque su crónica
debilidad determinaba que anduvieran más con las manos en alto que en apronte
decidido contra los que violaban la norma jurídica, atentando contra los
derechos de las personas y perjudicando a otros sectores de la sociedad. Este
argumento no corre a favor del gobierno de Morales, con legitimidad acreditada
por el 54% de la votación total en las elecciones de diciembre y gobernabilidad
asegurada por el dominio que ejerce en el Parlamento. En condiciones así tiene
absolutamente llano el camino hacia el restablecimiento del ya desvanecido
principio de autoridad, algo en torno a lo cual, en el marco de la ley, tendría
el respaldo pleno tanto del Ministerio Público como del Poder Judicial.
Lamentable el desenlace de los sucesos del Parque Carrasco. Ojalá que no se
produzcan más episodios de tal jaez en lo inmediato. Conste que desde varios
sectores sociales afilan cuchillos contra el nuevo gobierno. Por diferentes
motivos, dan a entender que muy pronto estarán en las calles para que el régimen
actual les conceda todo cuanto ellos pidan. Le irá muy mal, a corto plazo, al
gobierno de Evo Morales, si opta por seguir alzando las manos, cediendo a la
presión social.
¿Otra vez a lo mismo? Hagamos votos porque los hechos den una respuesta negativa
y no afirmativa a esta pregunta.
Los ruidos nos tienen al borde de la locura
Marcelo Rivero
Anteayer me referí a la gravedad
del problema que significa la presencia de tanta gente de toda edad y condición
que está copando más y más las esquinas, rotondas, plazas y cuanto lugar público
existe en Santa Cruz, oficiándolas de limpiadores de vidrios, de cuidadores de
vehículos, de malabaristas, etc., sin que falten los borrachos y drogadictos con
su carga de peligrosidad, todo lo cual desmejora el aspecto de la ciudad que,
además, se torna más insegura. Urgente, cabe remarcarlo, aplicar los correctivos
a través de los organismos competentes, llevando a los chicos a centros
especializados, impidiendo que tomen como por asalto dichos lugares públicos
hasta individuos extraños que no se sabe cómo entraron al país, buscándole
remedio a esos cleferos y alcohólicos, por fin, concertando medidas (o
tomándolas por cuenta propia si no hay la respuesta adecuada), para que no se
sigan descolgando de las alturas personas dramáticamente abandonadas y dignas de
atención en sus lugares de origen.
Ahora corresponde hablar de los ruidos que nos sacan de quicio y que los tenemos
a cada paso, no ya en cada esquina. Imposible especificar quién se lleva la flor
en esto de enfermarnos metiendo bulla, de la que miles de habitantes padecen las
24 horas del día. Es el caso, por ejemplo, de los vecinos del primer anillo, que
desde que Dios echa su luz hasta que la esconde deben aguantar griteríos,
bocinazos, altavoces, rugir de motores, mientras que por las noches entran en
cancha los musicones, las bandas, los mariachis y más griteríos que brotan de
cantinas, karaokes y restaurantes. Estas características se acentúan entre la ex
terminal y el monumento a Cañoto, pero principalmente desde el palacio de
justicia hasta el avión pirata, zona también “adornada” por gente enviciada y de
vida fácil. Con frecuencia paso por allí de día y de noche y en verdad me
compadezco de sus vecinos, seguramente están en las mismas de los que habitan
Equipetrol y tantos otros barrios donde han sentado sus reales los boliches de
la “movida” cruceña. ¡Al carajo con el descanso y la tranquilidad!
Es lo que, asimismo, parecen decir los vendedores de gas, de helados y de mil
otras cosas, que en lugar de anunciar sus artículos a sus clientes con tintineos
y sonidos característicos, agradables al oído -como se suele escuchar en
ciudades del exterior y posiblemente del interior-, lo hacen con unas cornetas
que de tan agudas perforan los tímpanos. Completando la tragedia aparecen...
¡los policías! Es pues mucha dosis que los del “verde olivo” con sus silbatos
chillones y soplados a pulmón lleno lastimen a un vecindario que, habrá que
reiterarlo, con tanto ruido molesto está al borde la locura.
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