Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 4, Febrero de 2006
STAFF CONTACTARSE
Portada
Santa Cruz
Seguridad
Nacional
Internacional
Economía
Deportes
Sociales
Escenas
Ediciones Anteriores
Editorial
Opinión
Lectores
Club de Lectores
Clima

 

 

 

 

 
SECCIÓN
 Editorial

¿Otra vez a lo mismo?

A cierta distancia de ese epicentro político-gremial que ahora es el Chapare cocalero, en el Parque Carrasco del subtrópico cochabambino, campesinos dedicados al cultivo ilícito de coca secuestraron a un alto funcionario de Direco. Armados de cartuchos de dinamita y blandiendo machetes y palos, cercaron después a los efectivos de los Campamentos Rojo 3 y Amarillo 3 que allí cumplían tareas de erradicación de coca ilegal, en los términos previstos por la Ley 1008.
El asunto determinó la inmediata movilización del viceministro de la Coca, Felipe Cáceres, quien, como se sabe, procede de las filas de los gremios de cocaleros que desde Chapare, en buena medida, catapultaron sindical y políticamente a Evo Morales.
Demás está decir el rango de prueba de fuego que el episodio de marras investía para el régimen de Evo Morales, respecto a la gobernabilidad, traducida, entre otras cosas, en hacer que se respete la ley o se la aplique sin contemplaciones a quien la vulnere. Las acciones referidas líneas arriba se hallan tipificadas como delitos y sancionadas con cárcel por el Código Penal boliviano. Era deber del Poder Ejecutivo sentar la respectiva denuncia para que, sobre esta base, entraran inmediatamente en acción la Policía Técnica Judicial y el Ministerio Público con los respectivos mandamientos de detención preventiva en la mano, desde luego, en razón de la flagrancia de los delitos, a fin de que los autores sean puestos a disposición de juez competente para las medidas cautelares de rigor. Todo esto, a cambio de que se considerara (en términos favorables, claro) la demanda de interdicción cero en la zona. Una zona que no es como cualquier otra. Ésta es un Parque Nacional que debe ser preservado contra el avasallamiento cocalero, el cual viene a ser el peor de todos, por sus efectos negativos en la cuestión ecológico-ambiental y la biodiversidad, así como por sus inevitables conexiones con el narcotráfico.
En vez de hacer lo anterior, siguiendo el nefasto precedente de regímenes pasados, a través de su viceministro de la Coca, el gobierno de Evo Morales, que se proclama paradigma del cambio, no hizo otra cosa que negociar la ley. Dejó que los autores delictivos se marcharan sonrientes y victoriosos a sus casas, a cambio de que cesara el secuestro del funcionario de Direco y se levantara el cerco a los batallones de efectivos dedicados a la erradicación de cultivos ilegales de coca.
En el pasado inmediato, los regímenes negociaban la ley porque su crónica debilidad determinaba que anduvieran más con las manos en alto que en apronte decidido contra los que violaban la norma jurídica, atentando contra los derechos de las personas y perjudicando a otros sectores de la sociedad. Este argumento no corre a favor del gobierno de Morales, con legitimidad acreditada por el 54% de la votación total en las elecciones de diciembre y gobernabilidad asegurada por el dominio que ejerce en el Parlamento. En condiciones así tiene absolutamente llano el camino hacia el restablecimiento del ya desvanecido principio de autoridad, algo en torno a lo cual, en el marco de la ley, tendría el respaldo pleno tanto del Ministerio Público como del Poder Judicial.
Lamentable el desenlace de los sucesos del Parque Carrasco. Ojalá que no se produzcan más episodios de tal jaez en lo inmediato. Conste que desde varios sectores sociales afilan cuchillos contra el nuevo gobierno. Por diferentes motivos, dan a entender que muy pronto estarán en las calles para que el régimen actual les conceda todo cuanto ellos pidan. Le irá muy mal, a corto plazo, al gobierno de Evo Morales, si opta por seguir alzando las manos, cediendo a la presión social.
¿Otra vez a lo mismo? Hagamos votos porque los hechos den una respuesta negativa y no afirmativa a esta pregunta.

Los ruidos nos tienen al borde de la locura
Marcelo Rivero

Anteayer me referí a la gravedad del problema que significa la presencia de tanta gente de toda edad y condición que está copando más y más las esquinas, rotondas, plazas y cuanto lugar público existe en Santa Cruz, oficiándolas de limpiadores de vidrios, de cuidadores de vehículos, de malabaristas, etc., sin que falten los borrachos y drogadictos con su carga de peligrosidad, todo lo cual desmejora el aspecto de la ciudad que, además, se torna más insegura. Urgente, cabe remarcarlo, aplicar los correctivos a través de los organismos competentes, llevando a los chicos a centros especializados, impidiendo que tomen como por asalto dichos lugares públicos hasta individuos extraños que no se sabe cómo entraron al país, buscándole remedio a esos cleferos y alcohólicos, por fin, concertando medidas (o tomándolas por cuenta propia si no hay la respuesta adecuada), para que no se sigan descolgando de las alturas personas dramáticamente abandonadas y dignas de atención en sus lugares de origen.
Ahora corresponde hablar de los ruidos que nos sacan de quicio y que los tenemos a cada paso, no ya en cada esquina. Imposible especificar quién se lleva la flor en esto de enfermarnos metiendo bulla, de la que miles de habitantes padecen las 24 horas del día. Es el caso, por ejemplo, de los vecinos del primer anillo, que desde que Dios echa su luz hasta que la esconde deben aguantar griteríos, bocinazos, altavoces, rugir de motores, mientras que por las noches entran en cancha los musicones, las bandas, los mariachis y más griteríos que brotan de cantinas, karaokes y restaurantes. Estas características se acentúan entre la ex terminal y el monumento a Cañoto, pero principalmente desde el palacio de justicia hasta el avión pirata, zona también “adornada” por gente enviciada y de vida fácil. Con frecuencia paso por allí de día y de noche y en verdad me compadezco de sus vecinos, seguramente están en las mismas de los que habitan Equipetrol y tantos otros barrios donde han sentado sus reales los boliches de la “movida” cruceña. ¡Al carajo con el descanso y la tranquilidad!
Es lo que, asimismo, parecen decir los vendedores de gas, de helados y de mil otras cosas, que en lugar de anunciar sus artículos a sus clientes con tintineos y sonidos característicos, agradables al oído -como se suele escuchar en ciudades del exterior y posiblemente del interior-, lo hacen con unas cornetas que de tan agudas perforan los tímpanos. Completando la tragedia aparecen... ¡los policías! Es pues mucha dosis que los del “verde olivo” con sus silbatos chillones y soplados a pulmón lleno lastimen a un vecindario que, habrá que reiterarlo, con tanto ruido molesto está al borde la locura.