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Sobre la censura en los municipios
En Bolivia, casi siempre, en materia
de legislación, nos sirve de inspiración más el modelo extranjero que nuestra
propia realidad, a la que ni siquiera analizamos ni consultamos. Podríamos citar
numerosos antecedentes en tal sentido. Al respecto, se lleva la flor la Ley
Safco, casi totalmente copiada de sistemas de control y fiscalización de países
de mayor consistencia institucional que el nuestro. Naturalmente que sobre lo
anotado se dan excepciones pero que no son ni tan relevantes como numerosas.
Lo grave es que más nos perjudica que ayuda tal imitación de lo extranjero en
materia normativa. Igual que traje diseñado para cuerpo ajeno, la copia no
encaja en nuestro ser social, signado de particularidades más bien negativas que
positivas, entre las que figuran la tendencia a la confrontación. Generalmente,
ésta no apunta al interés colectivo, sino al propio, respecto al poder político
y sus réditos.
En el régimen comunal se introdujo el mecanismo de la censura al alcalde. Los
concejales destituyen al alcalde por votación mayoritaria. Se creía que de esta
forma, para solaz de la respectiva comunidad, se iba a dar fin a la gestión
municipal signada de ineficiencia o corrupción. Se le atribuía al mecanismo un
gran efecto intimatorio contra cuantos asumieran la posta municipal tras las
urnas o la destitución del titular.
Ni remotamente se supuso siquiera que el voto censura iba a servir solamente
para que los concejales, en nombre propio o del partido o de la agrupación
ciudadana que representan, le serrucharan el piso al adversario con la abierta
intención de asentar posaderas en el sillón municipal, a veces, para hacer lo
mismo que se reprochó al sancionado. Es decir, malos manejos, desidia u otras
irregularidades, ciertas o presuntas, pero, casi siempre, en medio de revoltijos
escandalosos, con intercambio de golpes, palos y demás encontrones de los
partidarios de uno y otro bando en las calles. Si se analiza el actual registro
periodístico informativo sobre el particular, se encuentra en todo el país una
cantidad ciertamente alarmante de alcaldías municipales donde el ‘voto de
censura’ enciende la mecha del conflicto.
Entre nosotros, acaso el de Cotoca, sea el conflicto comunal más deplorable de
todos los estallados en los campanarios edilicios del país. La pantalla chica
nos mostró lo peor de lo imaginable: incendios y saqueos de casas, bloqueos de
calles y caminos, enfrentamientos con los policías, algunos de los cuales fueron
puestos en fuga a pedrada limpia, y otras barrabasadas.
Así las cosas, conviene preguntarse si el mecanismo de censura debe ser
mantenido o cancelado. Creemos que mejor nos iría en materia de administración
comunal si optamos por lo segundo, a fin de cortar el circuito de caos y
enfrentamientos en que han caído muchas alcaldías municipales del país. A
cambio, se debe radicalizar el control y fiscalización de las alcaldías, con una
mayor participación de las instituciones de la comunidad en ambas tareas. Nos
parece que una permanente, oportuna, dura e idónea fiscalización y control de la
gestión edilicia sería de mayor utilidad que el mecanismo generador de tantas
confrontaciones a nivel municipal. Si un alcalde roba o hace malos manejos,
ilícitos que se le comprueban en forma inequívoca, pues que se le suspenda en la
forma que establece la ley y que le suceda quien elija por votación el
respectivo Concejo Municipal. Pero esto es cosa que debe corresponder primero a
la Contraloría y luego a la justicia y no a los partidos políticos o
agrupaciones ciudadanas, como hasta ahora, interesados más en el cargo que en la
transparencia de gestión.
Sin
solución, más bien creciendo el problema
Marcelo Rivero
No obstante las tantas veces que el
asunto ha sido tocado por articulistas, ciudadanos en general y en esta columna,
retorno sobre él y seguramente todos lo volveremos a hacer en el futuro porque
las autoridades no le dan una solución. El problema más bien crece y se complica
a diario.
Se trata de los chicos, jóvenes, mayores y gente pordiosera (de toda edad), que
en las esquinas de calles, avenidas y en las rotondas se dedica a exhibir
habilidades, a limpiar vidrios de vehículos, a vender de todo un poco y
directamente a pedir monedas para llenar sus necesidades, sin que tampoco estén
ausentes los que más allacito, en un canal de desagüe, en un área verde y en un
parque, paran drogándose y bebiendo y en impúdicas y asquerosas demostraciones.
Más molesto que el infernal e intenso tráfico de vehículos está resultando la
presencia de esas millares de pobres almas, que se abalanzan como moscas a la
miel, cada una con su propia oferta o que directamente, sin preguntar y menos
pedir permiso, le brincan a los espejos y a los parabrisas de los motorizados
para proceder a la “limpieza” respectiva. Ya en los alrededores de las oficinas,
mercados, iglesias y por último en cualquier punto de la ciudad están al acecho
los “cuidadores” de automotores y hay que “contratar” sus servicios porque no
hacerlo supone como mínimo una rayadura o una pinchadura de rueda.
Cómo podemos ir de esquina en esquina, de rotonda en rotonda, de parqueo en
parqueo, con todo un gentío al lado que unas veces pide y otras “exige”. Si
hasta tenemos que ingeniárnosla porque es menester juntar una bolsillada de
monedas para el aporte respectivo de 10 pesos como mínimo al día, un detalle que
puede incomodar menos que el hecho, por ejemplo, de no poder reiniciar la marcha
porque el muchacho está encima del chasis o el malabarista delante del vehículo.
El asunto, como está dicho, se complica porque el número de estos “trabajadores”
(o mejor dicho ociosos) aumenta y, como que si no tuviéramos suficiente con los
criollos, llegan en masa los paisanos de las alturas bolivianas, igualmente
tenemos rubios y morenos que pueden ser argentinos, brasileños o europeos. Aquí
un detalle que llama la atención: con ser que suman millares los chinos,
japoneses y coreanos que han llegado a nuestra llanura, hasta el momento ni en
pintura he visto uno de estos asiáticos “implicados” en el problema que motiva
esta nota.
No es falta de sensibilidad -porque ésta se la practica a través de
instituciones que saben usar los recursos-, sino que lisa y llanamente los
espacios públicos de la capital cruceña se han convertido en un tormento por
obra y gracia de malabaristas, pordioseros, limpiadores de vidrios, ebrios y
drogadictos.
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