Verdades sobre la coca
El tema de la coca alude a un problema sectorial que el nuevo Gobierno, dadas
las implicaciones del asunto en la relación del país con la comunidad
internacional, debiera tratar con especial cuidado.
Si, sectorial, porque esencialmente atañe a la economía de algo así como 40.000
familias de Chapare, la zona subtropical de Cochabamba. Y Bolivia tiene más de
nueve millones de habitantes que nada tienen que hacer con el cultivo, la
comercialización o las aplicaciones, lícitas o ilícitas, de la controvertida y
glauca hojita.
En consecuencia, mal se puede anteponer los intereses de una minoría a los de
los demás, adoptando decisiones respecto a políticas de Estado que de algún modo
perjudiquen a estos últimos.
Consideramos que antes de proclamar a los cuatro vientos que respecto a la coca
se hará esto y aquello, primero se debe ir a una cuantificación precisa del
consumo legal del producto en Bolivia. Las cifras sobre el particular servirán
de pautas precisas para determinar la extensión de los cultivos sujetos a
permisividad legal. Así no se vulnera el actual marco jurídico-legal sobre
cultivos legales, execedentarios e ilegales de coca ni se incumple con los
compromisos contraídos por Bolivia, tanto en el marco de la relación bilateral
como multilateral en la comunidad internacional.
Dichos datos son absolutamente necesarios para saber qué cantidad va al consumo
legal (acullico, infusión de coca, etc.) y cuál la que a través de múltiples
vericuetos llega a las pozas de maceración para convertirse en la cocaína que
desde Bolivia, vía Brasil, Argentina y Paraguay, gavillas de estructura familiar
conectadas a los capos extranjeros de la droga (particularmente colombianos y
mexicanos), exportan a los mercados de Estados Unidos y Europa. Conste que la
coca que sirve de materia prima a los productores de cocaína en Bolivia,
procede, en un gran porcentaje, de los cocales de Chapare. Los entendidos
afirman que la de los Yungas paceños, por su composición es más bien propicia
para el acullico y consumo casero que para fabricar la ‘blanca’. Así que el
‘quid’ de la cuestión está más en Chapare que en los Yungas.
Pero la política estatal sobre el binomio coca-cocaína no debe omitir la
prevención en una proyección integral. Es decir, se debe colocar en la mira no
sólo a la cocaína, sino también a la propia hoja de coca, diciendo la verdad
sobre la misma, de espaldas a sacralizaciones para las cuales el etnocentrismo
que ahora brota en el altiplano no encuentra en la historia ningún fundamento.
El asunto es no fomentar sino más bien restringir el acullico. Conviene recordar
que durante el Incario, la coca tenía meras aplicaciones rituales. Su consumo no
iba más allá de los sacerdotes de los templos y de los círculos familiares del
Inca y los curacas. Al parecer, los soberanos del Cuzco sabían que la coca
contenía droga cuyo consumo habitual provocaba daños al organismo. Por eso
prohibieron al pueblo que la consumiera. Fueron los españoles de la conquista
quienes levantaron esta prohibición. Para las minas de plata de Potosí
necesitaban que los indígenas trabajasen sin descanso y sin comer mucho. Habían
descubierto que tras el acullico los nativos ya no sentían ni hambre ni sed. Es
que en la composición química de la hoja de coca, al lado de elementos
proteicos, hay también cocaína para la cual la saliva humana hace de agente
catalizador... Un acullico permanente lesiona progresivamente el aparato
intestinal, como bien saben los médicos. En la colonia, los mitayos de Potosí
morían como moscas, por los daños intestinales y la silicosis. De ahí que
juzguemos necesario que se elimine la coca de todo ritual oficial. Las imágenes
de gente del Gobierno con corrillos abultados por el acullico carecen así de
toda significación alusiva a historia e identidad indígenas. Invisten más bien
rango laudatorio del ultraje sufrido por los nativos en manos de los españoles.
También se debe decir la verdad respecto a la magnitud real de la coca
utilizable en aplicaciones de tipo industrial. Parece que no es mucha.
Hacemos votos porque en las definiciones respecto al asunto de la coca, el
gobierno de Evo Morales se atenga a las verdades que nadie más o menos informado
puede negar respecto a la hoja ‘sagrada’.
Una Virgen que lloró de alegría
Juan Carlos Rivero
Cientos de creyentes hicieron fila la semana pasada para ingresar a un
domicilio de San Ignacio de Velasco donde supuestamente la imagen enmarcada de
la Virgen del Carmen había llorado. “La Virgen está dolida porque el hombre cada
día se corrompe más y es más cruel”, había dicho algún visitante.
Este vendría a ser uno de los numerosos fenómenos que de vez en cuando se
manifiesta ante los ojos de creyentes: una estatua de Cristo que sangra, otra de
la Virgen que derrama lágrimas y hasta sangre, el rostro de Cristo crucificado
en un ropero y un sinnúmero de imágenes religiosas que han segregado algo a
través de la historia.
No viene al caso poner en duda la autenticidad de tales manifestaciones. Si hay
quienes creen que Dios y los seres celestiales se valen de estos ‘trucos’ para
enviarnos un mensaje, pues allá ellos. Pero sí me gustaría comentar acerca de
las interpretaciones –todas ellas muy humanas– de dichos fenómenos.
No llego a comprender por qué tendemos a asociar lo divino con el llanto, el
dolor, la culpa y la muerte. ¿No ha habido nunca alguna imagen religiosa que
haya llorado de alegría, por ejemplo? ¿Nadie ha reportado que el rostro de una
Virgen en un cuadro haya esbozado una sonrisa, aunque sea tan tenue como la de
la Monalisa?
Contrario a nuestra autocondena, el ser humano no está podrido hasta el tuétano.
Hay millones de personas en el mundo que tienen un gran corazón e irradian
suficiente amor como para ganarse una mueca de orgullo allá arriba. Vamos, ¡la
tierna escena de un niño en los brazos tibios de su madre que lo protege en la
adversidad podría derretir piedras y empañar los ojos de todos los santos en los
templos!
Resulta interesante observar cómo entre fieles de una misma religión se
encuentran visiones diferentes de vivir la fe. Hay cristianos que centran su
devoción en la pasión y muerte de Jesús, en el Viernes Santo, en cánticos y
rituales ensombrecidos por el pecado, y en figuras sagradas en los templos con
expresiones de sacrificio y sufrimiento.
Otros, en cambio, depositan su fervor en Cristo resucitado, en la celebración
del Domingo de Resurrección; en templos decorados por imágenes que celebran la
vida y la liberación del pecado, en cánticos y rituales que son verdaderos
himnos de alegría.
En fin, cada persona reconforta su espíritu a su manera y nadie puede juzgar si
lo hace bien o mal. En el caso de la Virgen del Carmen que lloró en San Ignacio
prefiero creer que sus lágrimas fueron de alegría. Tal vez se emocionó por la
encíclica sobre el amor que el papa Benedicto dio a conocer en forma
coincidente.
¡Si hay cosas lindas en el mundo! Sólo hay que abrir los ojos y ver la magia
suprema en todo lo que se mueve.